jueves, 7 de febrero de 2019

Oscar Wilde - De profundis

El padecimiento, por inverosímil que te parezca, es aquello por lo cual existimos, porque es lo único que nos permite tener conciencia de que vivimos, así como el recuerdo de nuestros sufrimientos pasados nos es imprescindible como garantía y demostración de nuestra identidad. Entre la memoria de pasadas alegrías y yo, existe un abismo tan profundo que el que hay entre mí y las alegrías actuales. De haberse organizado nuestra vida en común, como el mundo se imaginaba, únicamente de placeres, risas y libertinaje, no podría yo ahora evocar recuerdo alguno. El haber sido esa vida colmada de días y de momentos trágicos, amargos y sombríos al principio, y terribles en su monótono desarrollo y en su violencia, es lo que me permite apreciar hoy, hasta en sus más pequeños detalles todo lo sucedido. Más aún, fuera de ello, poco puedo ver y oír.

La náusea - Jean Paul Sartre

"Lo mejor sería escribir los acontecimientos cotidianamente
Es preciso decir cómo veo esta mesa, la calle, la gente, mi paquete de tabaco, ya que es esto lo que ha cambiado. 
Es preciso determinar exactamente el alcance y la naturaleza de este cambio.
No FORZAR nada, sino anotar con cuidado y prolijo detalle todo lo que se produce
Lo curioso es que no estoy nada dispuesto a creerme loco; hasta veo con evidencia que no lo estoy: todos los cambios conciernen a los objetos.
Por lo tanto se ha producido un cambio durante estas últimas semanas. ¿Pero dónde? Es un cambio abstracto que no se apoya en nada.
¿Soy yo quien ha cambiado? Si no soy yo, entonces es este cuarto, esta ciudad, esta naturaleza; hay que elegir. 
Creo que soy yo quien ha cambiado; es  la solución más simple.
También la más desagradable. Pero debo reconoce r que estoy sujeto a estas súbitas transformaciones.
Lo que pasa es que rara vez pienso; entonces sin darme cuenta, se acumula en mí una multitud de pequeñas metamorfosis, y un buen día se produce
una verdadera revolución. Es lo que ha dado a mi vida este aspecto desconcertante, incoherente.
Pero tengo miedo de lo que va a nacer, de lo que va a apoderarse de mí,
¿y  arrastrarme a dónde? ¿Será necesario una vez más que me vaya, que deje todo lo proyectado, mis investigaciones, mi libro?
¿Me despertaré dentro de algunos meses, dentro de algunos años, roto, decepcionado, en medio de nuevas ruinas?
Quisiera ver claro en mí antes de que sea demasiado tarde. 
La mayor parte del tiempo, al no unirse a palabras, mis pensamientos quedan en nieblas.
Dibujan formas vagas y agradables, se disipan; enseguida los olvido. [...]

¿Por qué no la mencioné? Ha de ser por orgullo y también un poco por torpeza. No tengo costumbre de contarme lo que me sucede, por eso me resulta difícil encontrar la sucesión de los acontecimientos, no distingo lo que es importante; no quiero secretos, ni estados de alma, ni cosas indecibles; no soy ni virgen ni sacerdote para jugar a la vida interior. [...]
Los objetos no deberían tocar, puesto que no viven. Uno los usa, los pone en su sitio, vive entre ellos; son útiles, nada más. Y a mí me tocan; es insoportable. Tengo miedo de entrar en contacto con ellos como si fueran animales vivos. [...]
Día perfecto para volver sobre uno mismo: las frías claridades que el sol proyecta, como un juicio sin indulgencia, sobre las criaturas, entran en mí por los ojos; me ilumina por dentro una luz empobrecedora. Me bastarían quince minutos, estoy seguro, para llegar al supremo hastío de mí mismo.
Así es el tiempo, el tiempo desnudo; viene lentamente a la existencia, se hace esperar y cuando llega uno siente asco  porque cae en la cuenta de que hacía mucho que estaba allí. Nunca sentí como hoy la impresión de carecer de dimensiones secretas, de estar limitado a mi cuerpo, a los pensamientos ligeros que suben de él como burbujas.
 Construyo mis recuerdos con el presente. Estoy desechado, abandonado en el presente. En vano trato de alcanzar el pasado; no puedo escaparme.
He pensado lo siguiente: para que el  suceso más trivial se convierta en aventura, es necesario y suficiente contarlo. Esto es lo que engaña a la gente; el hombre es siempre un narrador de historias; vive rodeado de sus historias y de las ajenas, ve a través de ellas todo lo que le sucede; y trata de vivir su vida como si la contara. [...]
Quizá no haya nada en el mundo que me interese tanto como este sentimiento de aventura. Pero viene cuando  quiere; y se va tan rápido, me deja tan agotado.  ¿Me hará estas breves visitas irónicas para demostrarme que he frustrado mi vida? [...]
Estoy solo, pero camino como un ejercito irrumpiendo en una ciudad. [...]
No necesito hacer frases. Escribo para poner en claro ciertas circunstancias. Desconfiar de la literatura.
 Hay que escribirlo todo al correr de la pluma, sin buscar las palabras. [...]
Decididamente ese sentimiento de aventura no procede de los acontecimientos: ya tenemos la prueba. 
Más bien es la manera de encadenarse los instantes. Creo que esto es lo que pasa: de pronto uno siente que el tiempo transcurre, que cada instante conduce a otro, éste a otro y así sucesivamente; que cada instante se aniquila, que no vale la  pena intentar retenerlo, etc., etc. Y entonces atribuimos esta propiedad a los acontecimientos que se presentían en  los instantes; lo que pertenece a la forma lo referimos al contenido. En suma, se habla mucho del famoso transcurso del tiempo, pero nadie lo ve. Vemos una mujer, pensamos que será vieja, pero no la vemos envejecer. Ahora bien, por momentos nos parece que la vemos envejecer y que nos sentimos envejecer con ella: es el sentimiento de aventura. "

lunes, 4 de febrero de 2019

Laberintos II

Pimpollos amarillos crencen en mi ombligo.
Llantos de un gatito perdido en mis ojos me despiertan.
Desde la ventana veo tu paisaje.
Canto una canción y vos la acompañas con un silbido.
Parpadeas tres veces y el mundo se me apaga.
Paradeo y te veo, el mundo se me enciende.
Flotando en lilas, vos en orquideas; somos tan diferentes que nos parecemos.
Vos con la mirada constante yo con mi silencio te acompaño, a donde la brisa de febrero nos llene.

sábado, 2 de febrero de 2019

Fugacidad - Argos

Un cigarro se evapora en mi mano.
Una copa de vino muere en mi boca.
Fluye en mis venas la sangre.
En mi cuerpo muere mi ropa.
Si el tiempo no existe,
¿entonces, nada importa?
¿ni el pasado, ni el futuro, ni la lógica?

Si los placeres son un buen sueño,
¿una pesadilla es esta vida loca?,
que de placeres se disfraza,
que de sueños embriaga.
No importa cuantas veces el amor me hagan,
siempre parecerán pocas.

viernes, 1 de febrero de 2019

Laberintos - Argos

¿A dónde quiero llegar?.
Mi mente está desahogada,
solo se escucha el eco de una habitación vacía.
Mi cuerpo pesa y se aferra al calor de la tierra.
Mis manos sudan de vergüenza,
mis piernas deambulan,
mis pies no se detienen, siguen su marcha casi constante.
Mis ojos balbucean en un ir y venir entre las piedras del camino y las inagotables distancias del cielo.
Con la boca seca espero el cambio de estación, espero la primer señal de mi destino.
Arranquenme la tinta de las manos, no sé si la merezco, arranquenme el amor si quieren,
pero hasta mi último suspiro, mi último aliento, amaré y nada más, hasta mi última lágrima amaré y nada más.

martes, 29 de enero de 2019

Espejos rotos - Argos



Te amo, me odio, tengo miedo, te extraño.
Te amo, me odio, llorando, quemando.
La noche y la soledad abrigan mi corazón.
Y yo te amo, te amo, te amo.
Y muero y revivo, y muero y vivo.
Encontré oro en mi dolor, la sangre no olvida después de todo.
Logré reir sin vos, al parecer puedo.
Logré dormir sin vos, al parecer puedo.
Quiero vivir sin vos, pero no quiero.
No quiero, no quiero, no quiero..

sábado, 26 de enero de 2019

El gato en la ventana - Argos


Eran casi las 3 de la mañana y yo seguía resumiendo y repasando en voz alta mirando al espejo para la evaluación de derecho social que tenía en unas cuantas horas. Me preparaba café cada 30 minutos, estaba totalmente despabilado, yendo y viniendo por todo el departamento.
 Mi departamento es chiquito, básicamente un cubo de cemento con puerta y una ventanita que da al patio de la viejita de al lado, compartimos patio nosotros. En mi departamento solo tengo lo necesario y además es mejor, porque tengo todas las cosas a mi alcance, puedo volver al estudio rápido, sin distraerme con tantos asuntos.
Ya eran las 3 de la mañana en punto, terminé de repasar lo último de derecho laboral y derecho migratorio, cuando voy a apagar la luz para ya dormirme, veo sentado muy tranquilamente del otro lado de la ventana un gato, un gato blanco con ojos grandes y amarillos, con una cola negra que lo rodeaba pegada al cuerpo. A mí me gustan los animales pero ese gato me dio miedo, no por nada extraño si no por cómo me miraba, desde hace cuánto estaba ahí sentado espiando?
Me acerqué y con mi dedo índice le hice un toque amistoso en el vidrio de la venta. El gato me seguía mirando fijamente a los ojos, como esperando que hiciera algo, como vigilante. Nos mirábamos a los ojos sin movernos con el gato, pasó a ser un desafío de miradas, el que pestañaba perdía, el que se movía perdía, el que miraba para otro lado perdía. “Te voy a dejar ganar” dije tirándole una sonrisa al gato y cerré la cortina y me fui a dormir. Ya era muy tarde.
El día siguiente al volver de la facultad, estaba un poco estresado, la evaluación estuvo compleja, pero nada de otro mundo. Me acuesto para dormir una siesta y despierto en plena oscuridad, no sé ni cuantas horas dormí, ya estaba de noche; me levanto a tomar agua y veo penosamente un bulto en las cortinas. Abro y era el gato blanco otra vez en la ventana, casi como una estatua estaba en la misma posición que la noche anterior. Me asustó un poquito lo admito. Abrí la ventana para darle algo de picadillo, capaz tiene hambre, me dije. Pero a penas abro la ventana el gato de forma agresiva y al mismo tiempo como si estuviese asustado, como si me tuviese miedo, maúlla como el típico gato en celo y me muestra sus colmillos amenazándome. Al momento entendí que el gato no quería contacto más allá del que teníamos, él de aquél lado de la ventana y yo de éste.  Lo entendí porque además de ver sus colmillos no tan grandes pero amenazadores también vi su cola negra crispada y electrizada.
Al ver esta reacción del gato me asusté y como acto reflejo le golpeé la ventana gritando “¡SHUU SHUUU! ¡GATO DE MIERDA! ¡FUERA! ¡FUERA!”
El gato se fue lo más rápido que pudo y yo comí algo y seguí durmiendo…
Fueron muchos días en los que se repetía esto, semanas y semanas de que encontraba a este mismo gato incansable, en la ventana de mi departamento, con mirada vigilante y con esos ojos amarillos desafiantes, tenía pesadillas con el gato, a veces pensaba que hasta me seguía a la facultad o que me miraba por la ventana mientras dormía. ¿Hace cuánto llevaba haciendo esto? ¿Por qué yo?
La viejita de al lado tiene gatos, ya la he estado viendo cuidadosamente, la típica vieja solterona que llena el vacío de su corazón a puro gato, tiene 10 gatos y todos son negros, ¿o eran 11?; nunca lo vi a mi amigo el acosador.
 Todo se fue a la mierda cuando escuché un maullido, casi un grito de mujer desesperada debajo de mi cama. Me levanté espantado. Y ahí estaba el gato blanco del demonio, que no me dejaba tranquilo. ¡Si lo hubieran visto, casi que podía hablar!, casi que le entendía lo que decía. Me asusté mucho y con mucha velocidad escondida por años en el interior de mis huesos, agarré la escoba. Miles de años que no me asustaba, pero mi instinto del miedo estaba ileso al paso del tiempo.
 A mí me gustan los animales, pero este, ya me colmó la paciencia. Tengo que matarlo, lo voy a matar.
Agarro la escoba por la parte del cepillo y lo intento golpear con la punta del palo. Debajo de la cama hacía ruidos aterradores, y yo gritaba “¡CALLÁTE, TE VOY A MATAR HIJO DE PUTA, YA ME CANSASTE!”. Y el gato seguía haciendo estos ruidos espantosos, creo que lo escuché reírse a carcajadas. Ya no sé qué pensar.
Los primeros golpes que le tiré no le hice nada. Lo vi que salió corriendo para la ventana que estaba abierta, se escapó. Un cagón, era desafiante y ahora que lo tenía arrinconado era un cagón.
Entonces salgo a buscarlo a fuera, esta era la última vez, era definitivo.
Veo que se metió por la ventana de la casa de la vieja. ¡YO SABÍA!
Golpeo la puerta a la anciana y no me atiende. Bueno es normal, eran como las 3 de la mañana, capaz dormía la vieja. Así que, me meto por la misma ventana por donde entró el gato sin pensarlo dos veces. Veo a los 10 gatos negros asustados mirándome y escondiéndose de mí, pero no veo ni al gato blanco ni a la vieja, capaz estaba con ella.
  Instintivamente agarré la plancha que estaba arriba de la mesa y subí las escaleras para la habitación de la vieja. Abro la puerta y veo el gato en la cama, pero la vieja no estaba. Lo quedo mirando, lo desafío, y sentí que se me iba a escapar de nuevo, así que antes de que se moviera se la tiré, le tiré la plancha. Le pegué justo en la cabeza antes de que se escapara. El golpe fue tan fuerte que uno solo bastó, pero yo, estaba tan encarnizado que agarré la plancha con violencia y lo golpeé, y golpeé, y lo seguía golpeando. Está demás decir como quedo mi ropa y la pieza de la vieja, un desastre. Pero este hijo de puta no me molesta más.
Voy al baño a lavarme las manos y vuelvo para limpiar el desastre de sangre que hay en la pieza.
Y lo que pasó es imposible, el gato ya no estaba, la sangre ya no estaba, arriba de la cama estaba la vieja. Con sus pelos canosos que le tapaban media cara, y con sus ojos amarillos me miraba y se reía despacito, “je jeje ji jiji”. Dijo unas palabras raras, en forma de canción, que no tenían ni un sentido. Yo no entendía nada, mi cara se puso perpleja y la vieja seguía riendo, “jeje je, jiji ji” Entonces salí corriendo de la habitación, pero al llegar a las escaleras tropecé, me golpeé la cabeza y me desmayé.
Cuando al fin despierto, veo a mí alrededor a 10 gatos negros muy asustados ¿o tal vez 11?, veo a la vieja con sus pelos blancuzcos y sus dientes picados que sonreían mientras se mordía el labio. Sostenía en sus manos arrugadas y manchadas con sus uñas largas y mugrientas un espejo redondo y antiguo. Ya no era yo, ya no era un hombre, no era un humano, era un gato, un gato negro.


Extravío

Mariana me pegó una cachetada que me voló los lentes de un lado de la habitación hacia el otro. Los demás presentes en la habitación, Pablo ...