domingo, 2 de febrero de 2020

Extravío

Mariana me pegó una cachetada que me voló los lentes de un lado de la habitación hacia el otro. Los demás presentes en la habitación, Pablo y Jimena, solo veían en silencio. Pablo, que se encontraba a mis espeldas, parecía disfutarlo. "Como pudiste", decía Mariana, "perderlo" con mirada decepcionante, "algo tan importante para mí". Me sentí avergonzado y desprovisto de orgullo y todo lo que sostiene al alma. Le dije a Mariana que iba a encontrarlo, implorando perdón, casi de rodillas y con lágrimas, en una situación bochornosa y estúpida, como ver a una hormiga encerrada en círculo de sal o un perro persiguiendo su propio rabo con rabia. "Ya buscaste", dijo Jimena, "y no está", me miraban los tres a la vez, "lo perdiste" concluyó Pablo, y yo caí, caí al piso del departamento, cual Icaro al mar Icaria, con un sentimiento de destierro, empujado por Dédalo, condenando a su propio hijo a la caída del exilio, a la incertidumbre de mi fortuna, a la nave de los locos. 
   Le dije que iba comprar otro, y salí corriendo en busca de la redención, como si la redención se comprara a la vuelta de la esquina, pero no había nada más que quisiera que volver sin las manos vacías y decirle a Mariana "lo conseguí, acéptenme de nuevo, déjenme pertenecer a vosotros". 
   Pero por fortuna del destino o por azar, como ocurren todos los milagros, me encontré con la redención. Ante mí, apareció un Ángel, tenía rostro de mujer, ojos celestes y rizos dorados, cuerpo de perro y garras de león, una cola de serpiente y alas de ave rapaz. Mantuvo su cabeza con fija mirada y en un arrogante ademán que indicaba saludo y desprecio, al mismo tiempo que pena y compasión, habló, "soy la Esfinge de Etiopía", su voz era pura canción. "Yo soy...", me atreví a decir, "sé quién eres", respondió, "joven mortal", yo al principio no entendía lo que me decía, después de hablar un momento comprendí, estas criaturas divinas se manifiestan en el lenguaje onírico de la psicología, así que técnicamente no hablábamos, sino que yo pensaba y ella leía, ella pensaba y yo escuchaba, Un dialogo extraño, porque incluso sabía mis respuestas antes de construirlas gramaticalmente en mi pensamiento. Y entonces me preguntó "¿Porqué le temes a un nombre?" y le respondí, "porque soy el fuego absorbiendo al carbón", y como si yo no hubiera comprendido su pregunta, insistió, "¿Porqué le temes a tú nombre?" y le respondí "libertad", y ella dijo, "estar lejos de tu nombre no te dará libertad"; y luego, saboreando cada letra saliendo de sus labios, me dijo "estúpido". ¡Oh, que dulce voz tenía!, en ese momento me di cuenta de la mágica ambigüedad de las palabras. "No le temas a un nombre" dijo volviéndome a hablar, su rostro era lúgubre y me quemaba como el acero ardiendo, "no temas a un nombre", entonces tocó mi cara con su cola de serpiente, "no más miedo" dijo, "no más miedo" repetí, nos sonreímos, "Tu nombre, no escapes de él" dijo con oscura afabilidad; y sentí por primera vez ser dueño de mis pensamientos, y me volví a sentir dueño de mi propio hogar, sentí que no era temor lo que yo sentía, era inadecuación, no temor, sentía que no pertenezco a mi nombre o que él no me pertenecía a mí. Inadecuación. Y entonces, volvió a tocarme con su cola serpenteante, y yo supe lo que ella pensaba, que yo era un estúpido, un estúpido sin remedio; y ella supo lo que yo pensaba, que ella era un Ángel, y que los Ángeles nunca podrían sentir la imperfección, la vergüenza, la inadecuación. Y me beso, y la besé. Y sentí elevarme por los aires junto a ella en una danse macabre sonando en todos los rincones, con Camille Saint-Saëns dirigiendo la orquesta desde el cielo, o desde el Hades, da igual, el éxtasis era el mismo. 
Instantáneamente recordé dónde lo había dejado y volví al departamento. Cuando entré a la sala, se indignaron con mi tardanza. Y les dije la verdad. "¿Un Angel?" preguntaron aterrados con angustiosa voz, como si en mi relato hubieran cambiado la palabra "Ángel" por la palabra "Demonio". Yo sabía qué palabra había utilizado, más no la que habían escuchado. Pablo se reía de mí, Mariana y Jimena dudaban de mi salud mental, y yo dudaba de su falta de fe. "¿Falta de fe?" preguntó Jimena con voz inquisitoria, "pero si vos sos ateo", "sí" inquirió  Pablo, "ateito", "el ateito" me decía siempre. y entonces le respondí que "ser ateo", fue estupendo ver sus caras al decir esto, "no impide discernir el bien del mal", y con mi voz tranquila y exuberante aseveré "y al fin encontré lo que había perdido", se lo dí a Mariana en sus propias manos y concluí; "no quiero su círculo de pertenencia", y me fuí, con el Ángel, o el Demonio, con la locura o la estupidez, la inadecuación del fuego absorbiendo el carbón, la invisible insignificancia de un calor estúpido que se apaga y se diluye para descansar de sí mismo. Y corría, y bailaba, al escuchar el canto de la Esfinge, que recitaba con el encaprichado encanto cortesano de una balada medieval; "Oh estúpido niño, eres poeta, estúpido mortal, serás el último en todo, oh estúpido jovencito, nunca más veras una flor".
 


Edipo y la esfinge de Gustave Moreau (1864).

lunes, 27 de enero de 2020

Un cuerpo lleno de hormigas

Lleno. Un cuerpo, acaecido en el suelo. La truculenta completud de un cuerpo vibrante, carcomiéndose, desintegrándose. Dueño, solamente, de su abandono y arrojo, de las miradas casuales de quien pasa sin interés, frente a lo que antes fue un gato. Sí, un gato, ese cuerpo era un gato. Con todas y cada una de las cualidades que hacen, de un gato, un gato. Un gato que supo de manos y regazos, de soledades elegidas, miradas furtivas, siestas y baños sin horarios ni demoras, de la espectacular valentía que implica, aún siendo un gato, cruzar la calle de la avenida Alem en la hora pico. Un gato, que ahora, nadie se digna en sepultar, ni a tocar, ni a ver. Por miedo a ver lo que cualquiera con ojos que funcionen y tenga el sentido común intacto vería. Un cuerpo. El miedo de cruzarse durante nuestra cotidiana vida con la ambigüedad que genera algo tan común como un simple gato y el sentimiento de lo desposeído y arbitrario. Un cuerpo. Lleno, un cuerpo lleno, un cuerpo lleno de hormigas.




domingo, 26 de enero de 2020

Un perro mestizo

Estoy en el puente interprovincial. El límite de Neuquén y Río Negro. Lo espero a un lado de la ruta 22, como lo habíamos pactado hace unas horas atrás. La suma de la plata que me prometió me alcanza y me sobra para irme de la Argentina. Andar con plata de un día para otro es raro acá.
    Una Ranger estacionó a un lado y el gitano bajó. El gitano, así me dijo que lo llame, aunque dudo de que en realidad lo sea, es como me habían dicho que era. Abrió la puerta de atrás y sacó con esfuerzo un bolso de cuero que se retorcía y producía gritos apagados. El gitano me miraba como esperando a que me mueva, a que dijese algo, ¿pero qué mierda iba a decir?  no se me ocurrió ni una puta palabra.
-Sacá al perro- me dijo.
-¿Qué?
-¿Sos sordo pelotudo?
     Me quedé unos segundos mirándolo. Abrí el bolso. Adentro hay un perro y una chica. Veo al perro, veo a la chica, los dos están asustados.
-¡Sacá al perro!- me gritó el gitano
Saqué al perro a la vez que luchaba con la piba para que no se salga.
-¡Sacame de acá!, ¡dejenme salir hijos de puta!, ¡No me toquen, hijos de puta!
En la lucha, agarro al perro de la oreja, hasta que con mi mano libre pude cerrar el bolso con la piba dentro. El perro me muerde la mano, me entierra los colmillos en un corte oblicuo de la muñeca hasta la palma. Si no fuera porque el gitano le pega una patada que lo tira al piso, seguro se me escapaba. Y como se escapaba el perro de las manos también la plata.
     El gitano es viejo pero se nota que tiene fuerza, la suficiente como para derribar al perro de una sola patada. El perro, no tan grande, y a pesar que se ve arruinado, tiene sus quilos. Es un perro común, un perro mestizo, parece sacado de los barrios pobres. El gitano da otra patada y el perro aúlla. Siento que la última patada tenía mi nombre, por mi ineptitud, ¿en donde íbamos a conseguir otro perro a esta hora?
    Por primera vez desde que llego el gitano me habla tranquilo.
- Subí el bolso a la camioneta y agarrá al perro - sacó una pala del baúl - Seguime.
    Lo sigo. Él lleva la pala. Yo cargo al perro. Está pesado y tiene olor a basura. Estamos bajando al río. Deben ser casi las cuatro. No se ve casi absolutamente nada, pero la luna se refleja en el río y se escucha el agua chocando contra las piedras.
- Dejalo en el piso- me dijo tranquilo como antes.
Dejé al perro en el piso y el gitano me dio la pala.
- Cortale la cabeza- me dijo
Me quedé viendo su silueta oscura; - Pero esto es una pala - le dije incomprensivo.
- Sí - me dijo el gitano
- ¿Usted quiere que le corte la cabeza con una pala?
- Sí - me dijo el gitano
Me quedé mudo buscándole en la oscuridad los ojos al perro, hasta que finalmente los encontré, esos ojos que me miraban atravesando la oscuridad. El perro ahora es un bulto negro que se queja, un bulto negro que me mira. Se oye el perro y el río. Agarré la pala con las dos manos, y como si estuviese por cavar el pozo más profundo de mi vida le apunté a la garganta, y la bajé, bajé la pala con todo mi peso. Una vez, dos veces, tres veces. La pala tocó la tierra. El gitano no habló pero hizo un gesto que sí pude diferenciar. Me sacó la pala de las manos y apuntó la cabeza del perro. Volvimos a la ruta. Llevaba el hocico con mi mano lastimada. Con la luz de los faroles vi que ya no había diferencias entre mi sangre y la del perro. Sus ojos muertos seguían clavados a mí.
El gitano guardó la pala - Metela al bolso.- me dijo; y sin mirarme entró a la cabina del conductor.
Abrí la puerta, abrí el bolso. La piba me miró aterrorizada. -Perdón.- le dije. Y dejé la cabeza ensangrentada dentro del bolso. La chica gritaba. - ¡Qué hicieron!, ¡qué hicieron!
Cierro el bolso. Otra vez gritos apagados.
-Subite - me dijo el gitano señalando el asiento del acompañante.
     Me subí. Arrancó la camioneta.
- No pidas perdón - me dijo mirando al frente.
- ¿Por qué?
- Los hijos de puta no piden perdón.- sonrió
     Paró frente a una casa grande y vistosa. Gente de plata.
-Bajala. Ponela en la vereda.- me dijo el gitano
Lo hice. Volví al auto. El gitano arrancó.
-¿Esa es la casa de la piba?- me atreví a preguntar
-Para que aprendan - dijo
Supuse que sí. No entendí qué era lo que debían aprender, ¿que  el mundo está lleno de hijos de puta?, no le respondí, y le pregunté por el perro.
- ¿Qué tiene el perro?
- ¿Era de ella?
- Era un perro cualquiera. Como vos. - me respondió.
     Llegamos a mi casa. El gitano sacó de la guantera un sobre, "lo que acordamos", dijo, y entonces bajé. Voy hacia la puerta. El gitano todavía no se va, me mira cómo busco mis llaves. Baja la ventanilla y me vuelve a hablar.
- Che, el perro.- me dijo
- ¿Qué tiene el perro?
 - Yo lo hubiese matado... digo, antes de... lo hubiese matado, antes. Un golpe, no sé.
Lo quedé mirando sin decir nada, hasta que se fue. Entré a mi casa y dejé el sobre en la mesa, junto a la botella de coñac que estaba tomando la noche anterior.
      Agarré mi celular. Me saco dos fotos. El flash me golpea las pupilas. Veo quién soy. Veo quién ya no soy. Veo los ojos del perro. Abro el coñac. Esos ojos muertos mirándome. El daño ya está hecho. Ahora debo dañar esa parte del cerebro que crea los recuerdos para que se apaguen las imágenes. Esos ojos.




jueves, 23 de enero de 2020

Disfraz de margarita - Argos

En las praderas que broncea el sol entradas las seis de la mañana hasta las nueve pasado el mediodía, nacen en primavera, ciertas margaritas silvestres muy particulares. Matilda sabe de ellas y su particular belleza. Todos los días sin falta, cruza el campo para regarlas, se lo toma como un trabajo no remunerado, aunque su sueldo es verlas en su primer color de la mañana tan cuidadas y saludables como cuando se aproxima un nuevo ocaso. Sin embargo, aunque nadie lo hubiera creído, Matilda es humana, un día enfermó y desde entonces ya no pudo hacer el mismo viaje de todas las mañanas para encontrarse con las margaritas. Me dijo que se sentía muy sola y enferma, y pensaba que las margaritas también se estarían sintiendo solas y enfermas. "Te traigo un par en un florero, y las dejo junto a tú cama" le dije, y me contesto, "¡NO!"; su respuesta me hizo sentir que iba cometer un asesinato. Maltida era la única persona que las margaritas conocían, y podría jurar, que Matilda se sentía como su madre y ellas como sus hijas. Las alimentaba y educaba en su regazo de amor materno, y viceversa, pues hijos e hijas enseñan a ser madre a su vez. No me cabió duda, al verlas, y lo comprobé con mis propios ojos, que Matilda es quien era alimentada, cuidada y educada por las particulares margaritas que nacían entre los yuyos rodeados de arbustos enanos y la vigilancia imponente de un nogal que aparentaba el triple de la edad de Matilda. Supe esto al llegar a este santuario de la vida, y pude comprender al fin, las historias de Matilda y su secreto,. Después de muchos mates con Matilda e ir incontables veces a encontrarme con estas peculiares y simpáticas margaritas, descubrí, como dije, su secreto. Las margaritas le enseñaron la técnica milenaria del disfraz, y a cambio (porque siempre hay algo a cambio. Ley primera de la alquimia.), Matilda les enseñó a ser Mujer. En un esplendido disfraz de mujer, Matilda se paseaba por el pueblo, hacía las compras de siempre, sin que nadie se diera cuenta que vivía una margarita entre nosotros, una margarita entrenada en el arte del disfraz. Cuando yo iba a su casa por las tardes, no sabía si hablaba con Matilda o con las margaritas, cuando iba al campo siempre verde, no sabia si allí estarían las margaritas o Matilda en su lugar.
Matilda enfermó y murió. A fin de cuentas es humana, y las margaritas, particulares o no, son solo flores.
 Matilda y las margaritas (ya no se con quien pasé más tiempo, si con una o con las otras), me enseñaron la sencilla profesión del disfraz, la hermosa sencillez que amé de Matilda y que me reconcilia cuando me siento sólo y enfermo.

La rosa de roble de René Char

Cada una de las letras que componen tu nombre, oh Belleza, en el cuadro de honor de los suplicios, desposa la llana simplicidad del sol, se inscribe en la frase gigante que cierra el cielo, y se asocia al hombre encarnizado en engañar a su destino con su contrario indomable: la esperanza.

Un sueño olvidado - Argos

22 p.m. La tibieza de un vaso de agua me aclara la garganta. Me recuesto, pienso en mañana, lo que tendría que hacer. Voy a tomar el colectivo en la ruta 22. Tiene que ser temprano. Tengo que estar devuelta a la hora del almuerzo. Las paredes se desmoronan, tiembla el piso bajo mis pies, la oscuridad golpea el silencio. 4 a.m. He vuelto a las entrañas de la realidad.

lunes, 20 de enero de 2020

Un puñado de cicatrices - Argos

Soy muy buen cebador de mate, Renzo lo sabe, pero todavía no me lo ha dicho. Yo lo sé porque nunca me dice gracias antes de que se me acabe el agua del termo. Aprendí de mi abuelo a cebar amargos y de Laura a cebar dulces. Mi abuelo murió y Laura me dejó. Fue hace mucho.
Renzo es mi amigo de la infancia, y desde que su novia lo dejó está viniendo a casa mucho más seguido a tomar mates. Yo lo entiendo. No hablamos de grandes cosas ni nos ponemos a filosofar, aunque sí hablamos mucho, y el mate te hace hablar el doble.
Hoy, mientras tomábamos mates con Renzo, como de costumbre a las seis de la tarde, en mi casa, frente al tele, me llamó la mamá de otro de mis amigos de la secundaria. La madre de Julio me hablaba llorando. Julio había muerto. Me dijo, "Chinito, el Julio se murió" y entre lágrimas esperó mi respuesta. -¿¡QUÉ!?, ¿CÓMO? ¿QUÉ PASÓ? -Un accidente en el auto, iba solo. Otra vez se quedó esperando una respuesta y al no recibir ninguna se despidió con un "chau chinito" y cortó la llamada.
Renzo me miraba y no entendía. Le expliqué. Él lo conocía muy poco a Julio, así que fue entendible que su reacción no fuese como la mía. Me dió unas palmadas en el hombro. Yo tenía la cara perdidamente desfigurada. Sentí un baldazo de agua fría, como dicen. Pero no lloré, no podía llorar. Llegó mi mamá de hacer las compras y se lo conté. Fue casi instantáneo, se largó a llorar.
Esta noche lo velan a mil kilómetros de distancia y yo mañana rindo un final en la universidad. Me quise quedar pero fue muy estúpido pensar que se puede hacer omisión de la muerte de un amigo para rendir. Pospuse lo inposponible. Tal vez fue el miedo paralizante, el mismo que cuando tenía diez años no me dejó entrar al velorio de mi abuelo. Si no fuese por mamá que me insistió no entraba. Hoy también me insistió. Pero mis escusas de que ya había pagado la cuota y que era la tercera vez que la rindo, y que si voy un momento y me vuelvo de todas formas no llego a rendir, voy después. Esa noche no dormí, pero pude llorar y eso fue necesario y suficiente para mí.
Pasaron algunos años y todavía siento algo de culpa de no haber ido.
Hoy Renzo me contó que falleció su padre, fuí al velorio y el estaba entero, sin lágrimas, sin la cara hundida por la tristeza. Lo abrazé muy fuerte y no nos dijimos nada. Solo nos miramos y pude ver en su cara un micro gesto de "superación", el mismo gesto que le vi cuando me hablaba de su separación, el mismo gesto que él debió ver cuando le conté que Laura me dejó, el mismo micro gesto de "superación" que vio mi mamá en mí cuando le dije que no iba a ir al velorio de Julio porque al otro día rendía. Es increíble esa necesidad de "superación", pero es innegable, ahora viéndolo muchos años después de todo lo que pasó, lo sencillo de notar pasado el tiempo, que enmascaramos la negación con un envoltorio de papel que llamamos "superación". Hacemos un teatro y nos inventamos roles y posponemos el dolor, posponemos lo inposponible y le decimos superación, pero que en realidad es una gigante careta inconsciente de negación. ¿Qué es eso de superar la muerte de un amigo, un familiar o superar que alguien que amabas te deje? Comprendamos que somos un puñado de cicatrices, y las cicatrices no se superan, se sufren y luego se aceptan.

Pescando hilos - Argos

Son las dos de la tarde y el calor es siempre insoportable a esta hora en Mendoza. Una mosca me vibra en los oídos y cada tanto se choca contra la ventana. Da una pirueta, se pasea por la casa. Mamá y Marina hablan del perro de la vecina de enfrente, lo envenenaron, no se sabe quien fue pero Mamá supone que fue el viejo de al lado, Marina le dice que puede ser, que el viejo esta loco como una cabra. La vecina lleva al perro inerte para su patio. Mamá y Marina están asomadas a la ventana. Yo me voy a la antigua habitación de mamá, (que es fresca y se puede leer tranquilo) pero que desde marzo se la regaló a Marina. Mas yo pienso, que la habitación es de quien la habita en el momento, no así de quien pone objetos de distintas utilidades dentro y los organiza o desorganiza como venga en gana, y llaman, además, con determinante posesivo como "mí cama", "mí ropa", "mí tele", "mí habitación", y todo esto estando fuera de la habitación. Una triste redundancia que por lo demás ignoro. Creerse propietario de la propia ausencia. Yo entiendo esa necesidad de apropiación, viene con el paquete humano, junto con el miedo y otros fetiches. Pero no entiendo la necesidad de adueñarse de la ausencia. Pretender apropiarse de las cosas, los lugares, las personas, los animales, los recuerdos, (los recuerdos... claro ejemplo de la ausencia de propiedad privada) vaya chiste.
Me siento y abro el capítulo donde me había quedado la noche anterior, la página 186, el personaje principal está a punto de resolver uno de los misterios que lo venía atormentando casi doscientas páginas atrás. Aproximadamente, esas 186 páginas, fueron seis meses de su vida, y a mí me llevó casi dos semanas de mi vida. Juegos del tiempo. Leer un libro se parece mucho a un sueño largo, donde se vive una vida con amor y fracasos, y muerte y resurrección, y tan sólo en ocho horas con los ojos cerrados.
Prendo la tele, tal vez quiero dejar en suspenso la trama, o capaz quiero una imagen muda de fondo, tal vez quisiera que Marina y mi madre me escuchasen leer en voz alta y ellas en silencio clavándome sus miradas, mi madre en mis ojos, Marina en mi boca. Pero el tele es quien me hace compañía artificial. No me mal interpreten, me encanta pasar tiempo con mamá y con Marina. Cuando me voy allá, al sur, por el trabajo y los estudios, las extraño una barbaridad; los mates con ellas a la mañana no los cambio por nada. Pero luego me agarra esa tontera de quedarme en soledad, aunque la soledad me da tristeza cuando me voy al sur. Después de un tiempo haciéndole frente a la soledad te das cuenta que la soledad es verdaderamente cómoda y pacífica, y entonces cuando pienso en esto, mamá y Marina se ponen a hablar del perro envenenado de la vecina, o de cualquier otra tragedia del barrio, como cuando a la vieja de la otra cuadra le entraron a robar, o que cada dos por tres el viejo de al lado le pega a su esposa y hay que llamar a la policía constantemente. Y entonces me agarra esa tontera de volver a la triste soledad pacífica e imperturbable, donde recluyo la mayor parte de mí en un libro de extraña metafísica o un problema de ajedrez.
Cierro el libro, apago la tele, voy a cebarle unos mates a mamá y a Marina, tengo ganas de preguntarles si ya se sabe quién envenenó al perro de la vecina.
Antes de salir de la habitación veo a una araña de apenas dos milímetros que baja cabeza abajo por un hilo de seda microscópica y mueve las patas agudas como si estuviese caminando por una pared invisible que corta a la mitad la antigua habitación de mamá, que hace meses le dió a Marina, y que ahora es mía y de la arañita que acaba de caer a la alfombra, y trato de pescar los hilos que dividen a la mitad nuestra habitación con la palma de mi mano y la miopía que me dio la herencia.

miércoles, 7 de agosto de 2019

Carta a Ottla Kafka (Hermana) - Franz Kafka

No escribo como hablo, no hablo como pienso, no pienso como debería pensar, y así sucesivamente hasta las más profundas tinieblas.


martes, 6 de agosto de 2019

Marchítate - Argos

¿Cómo puedes dormir en tranquilidad?
¿Sabes a caso que tu hermosa piel se marchitará?
Escucha a las flores sobre su magia vidente.
Yo no puedo verlo, me marchito contigo.
Por favor amor mío, corre lejos de éste lugar.
Háblale al espejo de mí y cuéntale todos tus secretos.
Me marcharé, apagaré la luz de mi encendedor.
Alumbraré con un cigarrillo en mi boca lo que me quede de camino,
alimentándome a cada paso de lo efímero para así borrarme en el olvido.
Amor mío no te preocupes por mí, yo me romperé.
Tú corre lejos, márchate muy lejos de mí.
Te estás marchitando y tu compleja naturaleza lo quiere evitar.
Te marchitarás, me marchitaré junto a ti, y marchitándonos juntos tal vez floreceremos de nuevo.
Pero no le hagas caso a mi manchada soledad,
 solo escucha a la tuya propia en su amanecer.
Olvídate de cómo florecer y márchate de aquí,
marchítate como mejor lo sepas hacer.




Bendición - Baudelaire

Cuando, por un decreto de las potencias supremas,
El Poeta aparece en este mundo hastiado,
Su madre espantada y llena de blasfemias
Crispa sus puños hacia Dios, que de ella se apiada:
-“¡Ah! ¡no haber parido todo un nudo de víboras,
Antes que amamantar esta irrisión!
¡Maldita sea la noche de placeres efímeros
En que mi vientre concibió mi expiación!
Puesto que tú me has escogido entre todas las mujeres
Para ser el asco de mi triste marido,
Y como yo no puedo arrojar a las llamas,
Como una esquela de amor, este monstruo esmirriado,
¡Yo haré rebotar tu odio que me agobia
Sobre el instrumento maldito de tus perversidades,
Y he de retorcer tan bien este árbol miserable,
Que no podrán retoñar sus brotes apestados!”
Ella vuelve a tragar la espuma de su odio,
Y, no comprendiendo los designios eternos,
Ella misma prepara en el fondo de la Gehena
Las hogueras consagradas a los crímenes maternos.
Sin embargo, bajo la tutela invisible de un Ángel,
El Niño desheredado se embriaga de sol,
Y en todo cuanto bebe y en todo cuanto come,
Encuentra la ambrosía y el néctar bermejo.
El juega con el viento, conversa con la nube,
Y se embriaga cantando el camino de la cruz;
Y el Espíritu que le sigue en su peregrinaje
Llora al verle alegre cual pájaro de los bosques.
Todos aquellos que él quiere lo observan con temor,
O bien, enardeciéndose con su tranquilidad,
Buscan al que sabrá arrancarle una queja,
Y hacen sobre El el ensayo de su ferocidad.
En el pan y el vino destinados a su boca
Mezclan la ceniza con los impuros escupitajos;
Con hipocresía arrojan lo que él toca,
Y se acusan de haber puesto sus pies sobre sus pasos.
Su mujer va clamando en las plazas públicas:
“Puesto que él me encuentra bastante bella para adorarme,
Yo desempeñaré el cometido de los ídolos antiguos,
Y como ellos yo quiero hacerme redorar;
¡Y me embriagaré de nardo, de incienso, de mirra,
De genuflexiones, de viandas y de vinos,
Para saber si yo puedo de un corazón que me admira
Usurpar riendo los homenajes divinos!
Y, cuando me hastíe de estas farsas impías,
Posaré sobre él mi frágil y fuerte mano;
Y mis uñas, parecidas a garras de arpías,
Sabrán hasta su corazón abrirse un camino.
Como un pájaro muy joven que tiembla y que palpita,
Yo arrancaré ese corazón enrojecido de su seno,
Y, para saciar mi bestia favorita,
Yo se lo arrojaré al suelo con desdén!”
Hacia el Cielo, donde su mirada alcanza un trono espléndido,
El Poeta sereno eleva sus brazos piadosos,
Y los amplios destellos de su espíritu lúcido
Le ocultan el aspecto de los pueblos furiosos:
-“Bendito seas, mi Dios, que dais el sufrimiento
Como divino remedio a nuestras impurezas
Y cual la mejor y la más pura esencia
Que prepara los fuertes para las santas voluptuosidades!
Yo sé que reservarás un lugar para el Poeta
En las filas bienaventuradas de las Santas Legiones,
Y que lo invitarás para la eterna fiesta
De los Tronos, de las Virtudes, de las Dominaciones.
Yo sé que el dolor es la nobleza única
Donde no morderán jamás la tierra y los infiernos,
Y que es menester para trenzar mi corona mística
Imponer todos los tiempos y todos los universos.
Pero las joyas perdidas de la antigua Palmira,
Los metales desconocidos, las perlas del mar,
Por vuestra mano engastados, no serían suficientes
Para esa hermosa Diadema resplandeciente y diáfana;
Porque no será hecho más que de pura luz,
Tomada en el hogar santo de los rayos primitivos,
Y del que los ojos mortales, en su esplendor entero,
No son sino espejos oscurecidos y dolientes!"

Arte ilustrativo 
Gustave Courbet - Portrait of Charles Baudelaire


sábado, 3 de agosto de 2019

Consumición - Argos

El tiempo me consume.
Yo consumo las cosas.
Las cosas consumen al tiempo.
El tiempo consumido se termina por consumar
 consumiéndose así mismo,
Y regresa, para consumirme otra vez.
Hasta que no quede en mí donde morder.

Arte ilustrativo
Goya - Saturno devorando a su hijo

Como un perro - Argos

Como un viejo terco,
Como un ritual Azteca.
El silencio me aleja en soledad mortuoria.
Me olvido de lo superfluo y empaco un sueño austero, sin más que eso.
¿Por qué mirar a los ojos a quien no mira más allá del cuerpo?
Como un loco,
apasionado.
Juguetón y despreciado,
como un perro.


Artwork by Cesar R. Bosco - Perros de la calle


Bienaventurados los malditos - Argos

Bienvenida sea la desdicha.
Bienaventurados los malditos
que en esta vida padecen,
y que se dieron cuenta que el sabor del dinero es insípido.
Bienaventurados los que vieron con ojos resignados,
que al igual que la vida, la felicidad no permanece.
Malditos, malditos sean los desdichados.
Arrojados a la agonía de la conciencia del tiempo.
¡Oh! ¡Hermanos de la desdicha contemplen el amanecer de un nuevo día!
Castigados por la memoria y recompensados con el olvido.
Estamos obligados a amar y a sufrir lo perdido.
Bien decían los griegos antiguos, el mayor bien es jamás haber nacido.

El miedo - Alejandra Pizarnik

En el eco de mis muertes
aún hay miedo.
¿Sabes tú del miedo?
Sé del miedo cuando digo mi nombre.
Es el miedo,
el miedo con sombrero negro
escondiendo ratas en mi sangre,
o el miedo con labio muertos
bebiendo mis deseos.
Sí. En el eco de mis muertes
aún hay miedo.


Distancia justa - Cristina Peri Rossi

En el amor, y en el boxeo todo es cuestión de distancia Si te acercas demasiado me excito me asusto me obnubilo, digo tonterías me echo a temblar, pero si estás lejos sufro, entristezco me desvelo y escribo poemas.


Ambiguo - Argos

Atrapado en la ambigüedad
Amor impío
¡Sí! ¡A la mierda con tu intransigencia!
Bailando sin sentido
¡Sí! ¡Elijo el desorden!
¿Qué ambigüedad te detiene esta vez?

Arte ilustrativo
Pierre Vincent - Nature morte aux colverts, sarcelles et chat volant une grive-musicienne




martes, 30 de julio de 2019

Oremos - Carmen JODRA

Líbranos de la pena porque ella destroza el corazón larvadamente y trae sombra a los ojos de los niños.
Líbranos de la dicha porque a ella le siguen siempre penas que la hacen aún más amarga que las penas mismas.
Líbranos del dolor que nos reduce a tristes bestias de ojos humillados que sólo buscan un rincón caliente.
Líbranos del placer que nos obliga a creer que este mundo es dulce y bueno justo hasta que salimos del encanto.
Líbranos del mal hado y la pobreza que nos azotan con mano invisible hasta que maldecimos nuestros nombres.
Líbranos del buen hado y la abundancia que vierten la ponzoña gris del tedio en la copa de oro del cinismo.

Hastío - Carmen JODRA

El bello mundo me produce asco. Si pudiera, lo haría saltar en pedacitos por los aires, y con él a mí misma.

Yo no pedí vivir; si Tú me hiciste, es tu culpa, no la mía. Atrévete a juzgarme si tu pobre criatura se suicida. 

Arte ilustrativo 
Jove Decadent (Decadent Girl) - Ramón Casas

¡Estériles! ¿Para qué lloras? - Carmen JODRA

¡Estériles! ¿Para qué lloras? Si nunca podrás tener nada. Si a demoras siguen demoras, y la explicación huye alada, y amargan tu lengua las moras aún en agraz. ¿Y pides un poco de paz?
El drama es mil veces más viejo que tú. Piensa en Grecia y en Roma, y aún más atrás. No me quejo: de siempre hubo cuervo y paloma y la lucha atroz. ¿Un consejo? Déjate estar. La muerte te vendrá a buscar.
Porque nunca llega el verano que endulce las moras agraces. Amor ni divino ni humano, ni salmos ni bromas procaces, ni artista ni amigo ni hermano te saciarán. Ni vino ni agua ni pan.
Ni esto, ni eso, ni aquello. Puedes probar cada camino: acaban en nada. El destello que un tiempo llamaste «divino» no es luz, y apenas si es bello. Es frío y cruel. ¿A qué preocuparse por él?
¿A qué tanta lucha, si luego el fin es a todos igual? ¿A qué este jugar con el fuego, si juegues bien o juegues mal la muerte es el premio del juego? ¿O es el castigo? ¡Estériles…! Llora conmigo.

Extravío

Mariana me pegó una cachetada que me voló los lentes de un lado de la habitación hacia el otro. Los demás presentes en la habitación, Pablo ...