En las praderas que broncea el sol entradas las seis de la mañana hasta las nueve pasado el mediodía, nacen en primavera, ciertas margaritas silvestres muy particulares. Matilda sabe de ellas y su particular belleza. Todos los días sin falta, cruza el campo para regarlas, se lo toma como un trabajo no remunerado, aunque su sueldo es verlas en su primer color de la mañana tan cuidadas y saludables como cuando se aproxima un nuevo ocaso. Sin embargo, aunque nadie lo hubiera creído, Matilda es humana, un día enfermó y desde entonces ya no pudo hacer el mismo viaje de todas las mañanas para encontrarse con las margaritas. Me dijo que se sentía muy sola y enferma, y pensaba que las margaritas también se estarían sintiendo solas y enfermas. "Te traigo un par en un florero, y las dejo junto a tú cama" le dije, y me contesto, "¡NO!"; su respuesta me hizo sentir que iba cometer un asesinato. Maltida era la única persona que las margaritas conocían, y podría jurar, que Matilda se sentía como su madre y ellas como sus hijas. Las alimentaba y educaba en su regazo de amor materno, y viceversa, pues hijos e hijas enseñan a ser madre a su vez. No me cabió duda, al verlas, y lo comprobé con mis propios ojos, que Matilda es quien era alimentada, cuidada y educada por las particulares margaritas que nacían entre los yuyos rodeados de arbustos enanos y la vigilancia imponente de un nogal que aparentaba el triple de la edad de Matilda. Supe esto al llegar a este santuario de la vida, y pude comprender al fin, las historias de Matilda y su secreto,. Después de muchos mates con Matilda e ir incontables veces a encontrarme con estas peculiares y simpáticas margaritas, descubrí, como dije, su secreto. Las margaritas le enseñaron la técnica milenaria del disfraz, y a cambio (porque siempre hay algo a cambio. Ley primera de la alquimia.), Matilda les enseñó a ser Mujer. En un esplendido disfraz de mujer, Matilda se paseaba por el pueblo, hacía las compras de siempre, sin que nadie se diera cuenta que vivía una margarita entre nosotros, una margarita entrenada en el arte del disfraz. Cuando yo iba a su casa por las tardes, no sabía si hablaba con Matilda o con las margaritas, cuando iba al campo siempre verde, no sabia si allí estarían las margaritas o Matilda en su lugar.
Matilda enfermó y murió. A fin de cuentas es humana, y las margaritas, particulares o no, son solo flores.
Matilda y las margaritas (ya no se con quien pasé más tiempo, si con una o con las otras), me enseñaron la sencilla profesión del disfraz, la hermosa sencillez que amé de Matilda y que me reconcilia cuando me siento sólo y enfermo.
jueves, 23 de enero de 2020
La rosa de roble de René Char
Cada una de las letras que componen tu nombre, oh Belleza, en el cuadro de honor de los suplicios, desposa la llana simplicidad del sol, se inscribe en la frase gigante que cierra el cielo, y se asocia al hombre encarnizado en engañar a su destino con su contrario indomable: la esperanza.
Un sueño olvidado - Argos
22 p.m. La tibieza de un vaso de agua me aclara la garganta. Me recuesto, pienso en mañana, lo que tendría que hacer. Voy a tomar el colectivo en la ruta 22. Tiene que ser temprano. Tengo que estar devuelta a la hora del almuerzo. Las paredes se desmoronan, tiembla el piso bajo mis pies, la oscuridad golpea el silencio. 4 a.m. He vuelto a las entrañas de la realidad.
lunes, 20 de enero de 2020
Un puñado de cicatrices - Argos
Soy muy buen cebador de mate, Renzo lo sabe, pero todavía no me lo ha dicho. Yo lo sé porque nunca me dice gracias antes de que se me acabe el agua del termo. Aprendí de mi abuelo a cebar amargos y de Laura a cebar dulces. Mi abuelo murió y Laura me dejó. Fue hace mucho.
Renzo es mi amigo de la infancia, y desde que su novia lo dejó está viniendo a casa mucho más seguido a tomar mates. Yo lo entiendo. No hablamos de grandes cosas ni nos ponemos a filosofar, aunque sí hablamos mucho, y el mate te hace hablar el doble.
Hoy, mientras tomábamos mates con Renzo, como de costumbre a las seis de la tarde, en mi casa, frente al tele, me llamó la mamá de otro de mis amigos de la secundaria. La madre de Julio me hablaba llorando. Julio había muerto. Me dijo, "Chinito, el Julio se murió" y entre lágrimas esperó mi respuesta. -¿¡QUÉ!?, ¿CÓMO? ¿QUÉ PASÓ? -Un accidente en el auto, iba solo. Otra vez se quedó esperando una respuesta y al no recibir ninguna se despidió con un "chau chinito" y cortó la llamada.
Renzo me miraba y no entendía. Le expliqué. Él lo conocía muy poco a Julio, así que fue entendible que su reacción no fuese como la mía. Me dió unas palmadas en el hombro. Yo tenía la cara perdidamente desfigurada. Sentí un baldazo de agua fría, como dicen. Pero no lloré, no podía llorar. Llegó mi mamá de hacer las compras y se lo conté. Fue casi instantáneo, se largó a llorar.
Esta noche lo velan a mil kilómetros de distancia y yo mañana rindo un final en la universidad. Me quise quedar pero fue muy estúpido pensar que se puede hacer omisión de la muerte de un amigo para rendir. Pospuse lo inposponible. Tal vez fue el miedo paralizante, el mismo que cuando tenía diez años no me dejó entrar al velorio de mi abuelo. Si no fuese por mamá que me insistió no entraba. Hoy también me insistió. Pero mis escusas de que ya había pagado la cuota y que era la tercera vez que la rindo, y que si voy un momento y me vuelvo de todas formas no llego a rendir, voy después. Esa noche no dormí, pero pude llorar y eso fue necesario y suficiente para mí.
Pasaron algunos años y todavía siento algo de culpa de no haber ido.
Hoy Renzo me contó que falleció su padre, fuí al velorio y el estaba entero, sin lágrimas, sin la cara hundida por la tristeza. Lo abrazé muy fuerte y no nos dijimos nada. Solo nos miramos y pude ver en su cara un micro gesto de "superación", el mismo gesto que le vi cuando me hablaba de su separación, el mismo gesto que él debió ver cuando le conté que Laura me dejó, el mismo micro gesto de "superación" que vio mi mamá en mí cuando le dije que no iba a ir al velorio de Julio porque al otro día rendía. Es increíble esa necesidad de "superación", pero es innegable, ahora viéndolo muchos años después de todo lo que pasó, lo sencillo de notar pasado el tiempo, que enmascaramos la negación con un envoltorio de papel que llamamos "superación". Hacemos un teatro y nos inventamos roles y posponemos el dolor, posponemos lo inposponible y le decimos superación, pero que en realidad es una gigante careta inconsciente de negación. ¿Qué es eso de superar la muerte de un amigo, un familiar o superar que alguien que amabas te deje? Comprendamos que somos un puñado de cicatrices, y las cicatrices no se superan, se sufren y luego se aceptan.
Renzo es mi amigo de la infancia, y desde que su novia lo dejó está viniendo a casa mucho más seguido a tomar mates. Yo lo entiendo. No hablamos de grandes cosas ni nos ponemos a filosofar, aunque sí hablamos mucho, y el mate te hace hablar el doble.
Hoy, mientras tomábamos mates con Renzo, como de costumbre a las seis de la tarde, en mi casa, frente al tele, me llamó la mamá de otro de mis amigos de la secundaria. La madre de Julio me hablaba llorando. Julio había muerto. Me dijo, "Chinito, el Julio se murió" y entre lágrimas esperó mi respuesta. -¿¡QUÉ!?, ¿CÓMO? ¿QUÉ PASÓ? -Un accidente en el auto, iba solo. Otra vez se quedó esperando una respuesta y al no recibir ninguna se despidió con un "chau chinito" y cortó la llamada.
Renzo me miraba y no entendía. Le expliqué. Él lo conocía muy poco a Julio, así que fue entendible que su reacción no fuese como la mía. Me dió unas palmadas en el hombro. Yo tenía la cara perdidamente desfigurada. Sentí un baldazo de agua fría, como dicen. Pero no lloré, no podía llorar. Llegó mi mamá de hacer las compras y se lo conté. Fue casi instantáneo, se largó a llorar.
Esta noche lo velan a mil kilómetros de distancia y yo mañana rindo un final en la universidad. Me quise quedar pero fue muy estúpido pensar que se puede hacer omisión de la muerte de un amigo para rendir. Pospuse lo inposponible. Tal vez fue el miedo paralizante, el mismo que cuando tenía diez años no me dejó entrar al velorio de mi abuelo. Si no fuese por mamá que me insistió no entraba. Hoy también me insistió. Pero mis escusas de que ya había pagado la cuota y que era la tercera vez que la rindo, y que si voy un momento y me vuelvo de todas formas no llego a rendir, voy después. Esa noche no dormí, pero pude llorar y eso fue necesario y suficiente para mí.
Pasaron algunos años y todavía siento algo de culpa de no haber ido.
Hoy Renzo me contó que falleció su padre, fuí al velorio y el estaba entero, sin lágrimas, sin la cara hundida por la tristeza. Lo abrazé muy fuerte y no nos dijimos nada. Solo nos miramos y pude ver en su cara un micro gesto de "superación", el mismo gesto que le vi cuando me hablaba de su separación, el mismo gesto que él debió ver cuando le conté que Laura me dejó, el mismo micro gesto de "superación" que vio mi mamá en mí cuando le dije que no iba a ir al velorio de Julio porque al otro día rendía. Es increíble esa necesidad de "superación", pero es innegable, ahora viéndolo muchos años después de todo lo que pasó, lo sencillo de notar pasado el tiempo, que enmascaramos la negación con un envoltorio de papel que llamamos "superación". Hacemos un teatro y nos inventamos roles y posponemos el dolor, posponemos lo inposponible y le decimos superación, pero que en realidad es una gigante careta inconsciente de negación. ¿Qué es eso de superar la muerte de un amigo, un familiar o superar que alguien que amabas te deje? Comprendamos que somos un puñado de cicatrices, y las cicatrices no se superan, se sufren y luego se aceptan.
Pescando hilos - Argos
Son las dos de la tarde y el calor es siempre insoportable a esta hora en Mendoza. Una mosca me vibra en los oídos y cada tanto se choca contra la ventana. Da una pirueta, se pasea por la casa. Mamá y Marina hablan del perro de la vecina de enfrente, lo envenenaron, no se sabe quien fue pero Mamá supone que fue el viejo de al lado, Marina le dice que puede ser, que el viejo esta loco como una cabra. La vecina lleva al perro inerte para su patio. Mamá y Marina están asomadas a la ventana. Yo me voy a la antigua habitación de mamá, (que es fresca y se puede leer tranquilo) pero que desde marzo se la regaló a Marina. Mas yo pienso, que la habitación es de quien la habita en el momento, no así de quien pone objetos de distintas utilidades dentro y los organiza o desorganiza como venga en gana, y llaman, además, con determinante posesivo como "mí cama", "mí ropa", "mí tele", "mí habitación", y todo esto estando fuera de la habitación. Una triste redundancia que por lo demás ignoro. Creerse propietario de la propia ausencia. Yo entiendo esa necesidad de apropiación, viene con el paquete humano, junto con el miedo y otros fetiches. Pero no entiendo la necesidad de adueñarse de la ausencia. Pretender apropiarse de las cosas, los lugares, las personas, los animales, los recuerdos, (los recuerdos... claro ejemplo de la ausencia de propiedad privada) vaya chiste.
Me siento y abro el capítulo donde me había quedado la noche anterior, la página 186, el personaje principal está a punto de resolver uno de los misterios que lo venía atormentando casi doscientas páginas atrás. Aproximadamente, esas 186 páginas, fueron seis meses de su vida, y a mí me llevó casi dos semanas de mi vida. Juegos del tiempo. Leer un libro se parece mucho a un sueño largo, donde se vive una vida con amor y fracasos, y muerte y resurrección, y tan sólo en ocho horas con los ojos cerrados.
Prendo la tele, tal vez quiero dejar en suspenso la trama, o capaz quiero una imagen muda de fondo, tal vez quisiera que Marina y mi madre me escuchasen leer en voz alta y ellas en silencio clavándome sus miradas, mi madre en mis ojos, Marina en mi boca. Pero el tele es quien me hace compañía artificial. No me mal interpreten, me encanta pasar tiempo con mamá y con Marina. Cuando me voy allá, al sur, por el trabajo y los estudios, las extraño una barbaridad; los mates con ellas a la mañana no los cambio por nada. Pero luego me agarra esa tontera de quedarme en soledad, aunque la soledad me da tristeza cuando me voy al sur. Después de un tiempo haciéndole frente a la soledad te das cuenta que la soledad es verdaderamente cómoda y pacífica, y entonces cuando pienso en esto, mamá y Marina se ponen a hablar del perro envenenado de la vecina, o de cualquier otra tragedia del barrio, como cuando a la vieja de la otra cuadra le entraron a robar, o que cada dos por tres el viejo de al lado le pega a su esposa y hay que llamar a la policía constantemente. Y entonces me agarra esa tontera de volver a la triste soledad pacífica e imperturbable, donde recluyo la mayor parte de mí en un libro de extraña metafísica o un problema de ajedrez.
Cierro el libro, apago la tele, voy a cebarle unos mates a mamá y a Marina, tengo ganas de preguntarles si ya se sabe quién envenenó al perro de la vecina.
Antes de salir de la habitación veo a una araña de apenas dos milímetros que baja cabeza abajo por un hilo de seda microscópica y mueve las patas agudas como si estuviese caminando por una pared invisible que corta a la mitad la antigua habitación de mamá, que hace meses le dió a Marina, y que ahora es mía y de la arañita que acaba de caer a la alfombra, y trato de pescar los hilos que dividen a la mitad nuestra habitación con la palma de mi mano y la miopía que me dio la herencia.
Me siento y abro el capítulo donde me había quedado la noche anterior, la página 186, el personaje principal está a punto de resolver uno de los misterios que lo venía atormentando casi doscientas páginas atrás. Aproximadamente, esas 186 páginas, fueron seis meses de su vida, y a mí me llevó casi dos semanas de mi vida. Juegos del tiempo. Leer un libro se parece mucho a un sueño largo, donde se vive una vida con amor y fracasos, y muerte y resurrección, y tan sólo en ocho horas con los ojos cerrados.
Prendo la tele, tal vez quiero dejar en suspenso la trama, o capaz quiero una imagen muda de fondo, tal vez quisiera que Marina y mi madre me escuchasen leer en voz alta y ellas en silencio clavándome sus miradas, mi madre en mis ojos, Marina en mi boca. Pero el tele es quien me hace compañía artificial. No me mal interpreten, me encanta pasar tiempo con mamá y con Marina. Cuando me voy allá, al sur, por el trabajo y los estudios, las extraño una barbaridad; los mates con ellas a la mañana no los cambio por nada. Pero luego me agarra esa tontera de quedarme en soledad, aunque la soledad me da tristeza cuando me voy al sur. Después de un tiempo haciéndole frente a la soledad te das cuenta que la soledad es verdaderamente cómoda y pacífica, y entonces cuando pienso en esto, mamá y Marina se ponen a hablar del perro envenenado de la vecina, o de cualquier otra tragedia del barrio, como cuando a la vieja de la otra cuadra le entraron a robar, o que cada dos por tres el viejo de al lado le pega a su esposa y hay que llamar a la policía constantemente. Y entonces me agarra esa tontera de volver a la triste soledad pacífica e imperturbable, donde recluyo la mayor parte de mí en un libro de extraña metafísica o un problema de ajedrez.
Cierro el libro, apago la tele, voy a cebarle unos mates a mamá y a Marina, tengo ganas de preguntarles si ya se sabe quién envenenó al perro de la vecina.
Antes de salir de la habitación veo a una araña de apenas dos milímetros que baja cabeza abajo por un hilo de seda microscópica y mueve las patas agudas como si estuviese caminando por una pared invisible que corta a la mitad la antigua habitación de mamá, que hace meses le dió a Marina, y que ahora es mía y de la arañita que acaba de caer a la alfombra, y trato de pescar los hilos que dividen a la mitad nuestra habitación con la palma de mi mano y la miopía que me dio la herencia.
miércoles, 7 de agosto de 2019
Carta a Ottla Kafka (Hermana) - Franz Kafka
No escribo como hablo, no hablo como pienso, no pienso como debería pensar, y así sucesivamente hasta las más profundas tinieblas.
martes, 6 de agosto de 2019
Marchítate - Argos
¿Cómo puedes dormir en tranquilidad?
¿Sabes a caso que tu hermosa piel se marchitará?
Escucha a las flores sobre su magia vidente.
Yo no puedo verlo, me marchito contigo.
Por favor amor mío, corre lejos de éste lugar.
Háblale al espejo de mí y cuéntale todos tus secretos.
Me marcharé, apagaré la luz de mi encendedor.
Alumbraré con un cigarrillo en mi boca lo que me quede de camino,
alimentándome a cada paso de lo efímero para así borrarme en el olvido.
Amor mío no te preocupes por mí, yo me romperé.
Tú corre lejos, márchate muy lejos de mí.
Te estás marchitando y tu compleja naturaleza lo quiere evitar.
Te marchitarás, me marchitaré junto a ti, y marchitándonos juntos tal vez floreceremos de nuevo.
Pero no le hagas caso a mi manchada soledad,
solo escucha a la tuya propia en su amanecer.
Olvídate de cómo florecer y márchate de aquí,
marchítate como mejor lo sepas hacer.
¿Sabes a caso que tu hermosa piel se marchitará?
Escucha a las flores sobre su magia vidente.
Yo no puedo verlo, me marchito contigo.
Por favor amor mío, corre lejos de éste lugar.
Háblale al espejo de mí y cuéntale todos tus secretos.
Me marcharé, apagaré la luz de mi encendedor.
Alumbraré con un cigarrillo en mi boca lo que me quede de camino,
alimentándome a cada paso de lo efímero para así borrarme en el olvido.
Amor mío no te preocupes por mí, yo me romperé.
Tú corre lejos, márchate muy lejos de mí.
Te estás marchitando y tu compleja naturaleza lo quiere evitar.
Te marchitarás, me marchitaré junto a ti, y marchitándonos juntos tal vez floreceremos de nuevo.
Pero no le hagas caso a mi manchada soledad,
solo escucha a la tuya propia en su amanecer.
Olvídate de cómo florecer y márchate de aquí,
marchítate como mejor lo sepas hacer.
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Extravío
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Como un viejo terco, Como un ritual Azteca. El silencio me aleja en soledad mortuoria. Me olvido de lo superfluo y empaco un sueño auster...

