Nada me prende en llamas más que tu libertad.
Tus ojos se vuelven un algoritmo indescifrable cuando esclavizas mis sentidos con tu acertijo y me sometes de manera sádica a tu tacto, a tu olfato, a tu gusto.
Soy un esclavo de tu voluptuosidad. Elijo mi condición alcoholizada por tu quimera fugaz y tus deseos más propensos a pervertirme.
Nada me aleja más del tiempo cómo el dragón que moldea tus caderas desde las profundidades más intimas de tu tártaro.
¡Oh! Despiértame con tus labios de mi escalofriante pesadilla.
¡Oh! Penétrame con tu voz y tus palabras, que se desbordan de tu lengua como los truenos se desprenden del martillo de Thor.
¡Oh! Húndeme, húndeme en tu lago perdido.
Ahógame con la paz desconocida que yace en la irresistible oscuridad de tu boca de lobo.
Remueve mis entrañas encendiendo las cenizas de mi sexo ¡y quémalo!,
¡quémame lentamente con tus piernas!.
Arte ilustrativo: Alex Grey
domingo, 23 de junio de 2019
sábado, 22 de junio de 2019
Fragmentos de: EL CUERVO - Edgar Allan Poe
Y, entonces,
abrí la puerta de par en par, y ¿qué es lo que vi?
¡Las tinieblas y nada más!
Escudriñando con atención estas tinieblas,
durante mucho tiempo quedé lleno de asombro, de temor, de duda, soñando con lo que
ningún mortal se ha atrevido a soñar; pero el
silencio no fue turbado y la movilidad no dio
ningún signo; lo único que pudo escucharse fue
un nombre murmurado: «¡Leonora!». Era yo el
que lo murmuraba y, a su vez, el eco repitió
este nombre: «¡Leonora!». Eso y nada más.
Vuelvo a mi habitación, y sintiendo toda mi
alma abrasada, no tardé en oír de nuevo un
golpe, un poco más fuerte que el primero. «Seguramente - me dije -, hay algo en las persianas
de la ventana; veamos qué es y exploremos este
misterio: es el viento, y nada más».
Entonces empujé la persiana y, con un tumultuoso batir de alas, entró majestuoso un
cuervo digno de las pasadas épocas. El animal
no efectuó la menor reverencia, no se paró, no
vaciló un minuto; pero con el aire de un Lord o
de una Lady, se colocó por encima de la puerta
de mi habitación; posándose sobre un busto de
Palas, precisamente encima de la puerta de mi
alcoba; se posó, se instaló y nada más.
Entonces, este pájaro de ébano, por la gravedad de su continente, y por la severidad de
su fisonomía, indujo a mi triste imaginación a
sonreír; «Aunque tu cabeza - le dije - no tenga
plumero, ni cimera, seguramente no eres un
cobarde, lúgubre y viejo cuervo, viajero salido
de las riberas de la noche. ¡Dime cuál es tu
nombre señorial en las riberas de la Noche
plutónica!». El cuervo exclamó: «¡Nunca más!».
Quedé asombrado que ave tan poco amable
entendiera tan fácilmente mi lenguaje, aunque
su respuesta no tuviese gran sentido ni me fuera de gran ayuda, porque debemos convenir en
que nunca fue dado a un hombre ver a un ave
por encima de la puerta de su habitación, un
ave o un animal sobre una estatua colocada a la
puerta de la alcoba, y llamándose: ¡Nunca más!
Pero el cuervo, solitariamente posado sobre
el plácido busto, no pronunciaba más que esas
palabras, como si en ellas difundiese su alma
entera. No pronunciaba nada más, no movía
una pluma, hasta que comencé a murmurar
débilmente: «Otros amigos ya han volado lejos
de mí; hacia la mañana, también él me abandonará como mis antiguas esperanzas». El pájaro
dijo entonces: «¡Nunca más!».
Estremeciéndome al rumor de esta respuesta
lanzada con tanta oportunidad, exclamé: «Sin
duda lo que ha dicho constituye todo su saber,
que aprendió en casa de algún infortunado, a
quien la fatalidad ha perseguido ardientemente, sin darle respiro, hasta que sus canciones no
tuviesen más que un solo estribillo, hasta que el
De Profundis de su esperanza hubiese adoptado este melancólico estribillo: ¡Nunca, nunca,
nunca más!».
Pero como el cuervo indujera a mi alma triste a sonreír de nuevo, acerqué un asiento de
mullidos cojines frente al ave, el busto y la
puerta; entonces, arrellanándome sobre el terciopelo, quise encadenar las ideas buscando lo
que auguraba el pájaro de los antiguos tiempos,
lo que este triste, feo, siniestro, flaco y agorero
pájaro de los antiguos tiempos quería hacerme
comprender al repetir sus ¡Nunca más!
De esta manera, soñando, haciendo conjeturas, pero sin dirigir una nueva sílaba al pájaro,
cuyos ardientes ojos me quemaban ahora hasta
el fondo del corazón, trataba de adivinar eso y
más todavía, mientras mi cabeza reposaba sobre el terciopelo violeta que su cabeza, la de
ella, no oprimirá ya, ¡ay, nunca más!
Entonces me pareció que el aire se espesaba,
perfumado por invisible incensario balanceado
por serafines, cuyos pasos rozaban la alfombra
de la habitación. «¡Infortunado! - exclamé -, tu
dios te ha enviado por sus ángeles una tregua y
un respiro, para que olvides tus tristes recuerdos de Leonora, ¡Bebe! ¡Oh!, bebe esa deliciosa
bebida para que olvides tus tristes recuerdos de
Leonora. ¡Bebe y olvida a la Leonora perdida!».
Y el cuervo dijo: «¡Nunca más!».
«¡Profeta! - dije -, ¡ser de desdicha! ¡Pájaro o
demonio, pero al fin profeta! Que hayas sido
enviado por el tentador, o que la tempestad te
haya hecho simplemente caer, naufragar, pero
aún intrépido, sobre esta tierra desierta, en esta
habitación que ha sido visitada por el Horror,
dime, te lo suplico, ¿existe un bálsamo para mi
terrible dolor? ¿Existe el bálsamo de Judea? ¡Di,
di, te lo suplico!». Y el cuervo dijo: «¡Nunca
más!».
«¡Profeta! - dije -, ¡ser de desdicha! ¡Pájaro o
demonio, pero al fin profeta! Por el cielo que se
extiende sobre nuestras cabezas, por ese Dios
que ambos adoramos, di a esta alma llena de
dolor si en el lejano paraíso podrá abrazar a
una santa joven, a quien los ángeles llaman
Leonora. Abrazar a una preciosa y radiante
joven a quien los ángeles llaman Leonora». El
cuervo dijo: «¡Nunca más!».
«¡Que esta palabra sea la señal de nuestra
separación pájaro o demonio! - grité irguiéndome -. Vuelve a la tempestad, a las riberas de
la Noche plutónica; no dejes aquí una sola
pluma negra como recuerdo de la falsedad que
tu alma ha proferido. Deja mi soledad inviolada. Abandona ese busto colocado encima de la
puerta. Retira tu pico de mi corazón y precipita
tu espectro lejos de mi puerta». El cuervo dijo:
«¡Nunca más!».
Y el cuervo, inmutable, continúa instalado
allí, sobre el pálido busto de Palas, precisamente encima de la puerta de mi habitación, y sus
ojos se parecen a los ojos de un demonio que
sueña; y la luz de la lámpara, cayendo sobre él,
proyecta su sombra en el suelo; y mi alma, fuera del círculo de esta sombra que yace flotante
sobre el suelo, no podrá volver a elevarse.
¡Nunca más!Gustave Doré
miércoles, 19 de junio de 2019
El último tren - Fredric Brown
Eliot Haig estaba sentado solo en un bar, del mismo modo que antes se había sentado solo en muchos bares, mientras afuera caía el crepúsculo, un extraño crepúsculo. El interior de la taberna estaba en penumbra y sombrío, casi más que el exterior. El espejo azul de la barra aumentaba este efecto en él. Haig creía verse como en la pálida luz de una melancólica luna. Se vio a sí mismo pálida pero claramente; no doble, a pesar de los tragos que había bebido, sino solo. Tremendamente solo. Y, como siempre que bebía durante varias horas seguidas, pensó: «Quizás esta vez lo haga».
Ello era impreciso y grandioso: quería decir todo. Significaba dar un gran salto de una vida a otra, lo que durante tanto tiempo había proyectado. Significaba, simplemente, dejar plantado a un picapleitos moderadamente triunfador llamado Eliot Haig, dejar plantadas todas las mezquinas complicaciones de su vida, los enredos personales, la trapacería legal que se encontraba dentro del carácter de la ley o imperceptiblemente fuera; significaba cortar el cable del hábito que le ataba a una existencia que se había vuelto sin sentido, designio o incentivo.
La melancólica imagen le deprimió y sintió, con más fuerza que de costumbre, la necesidad de moverse, de ir a otra parte aunque sólo fuese por otra copa. Bebió el último sorbo de su whisky con soda y hielo, y bajó del taburete hasta el suelo firme.
-Adiós, Joe -dijo, y caminó hacia la entrada.
El tabernero comentó:
-En alguna parte debe de haber un gran incendio. Mire el cielo. Me pregunto sí será en los depósitos de madera del otro lado del pueblo.
El tabernero estaba asomado a la ventana de delante y miraba hacia fuera y hacia arriba.
Después de atravesar la puerta, Haig miró hacia arriba. El cielo tenía un tono gris rosado, como el del resplandor de un fuego lejano. Desde donde estaba vio que cubría todo el firmamento y que no había indicios respecto al origen del incendio.
Anduvo sin rumbo fijo hacia el sur. El silbido lejano de una locomotora llegó hasta sus oídos y le trajo recuerdos.
«¿Por qué no? -pensó-. ¿Por qué no esta noche?»
El viejo impulso -espectro de miles de noches insatisfactorias- era más poderoso esta noche. Incluso en ese momento andaba hacia la estación del tren; pero lo había hecho antes a menudo. A menudo había llegado al extremo de presenciar la salida de los trenes y pensar, mientras miraba: «Debería estar en ese tren». Nunca había subido a ninguno.
A media calle de la estación oyó el sonido de la campana, el resoplido del vapor y el arranque del tren. Lo habría perdido, si hubiese tenido el valor de tomarlo.
Y súbitamente comprendió que esta noche era distinta, que esta noche lo haría realmente. Sólo con la ropa que llevaba puesta, con el dinero que tuviera en los bolsillos. Exactamente como se lo había propuesto siempre: la salida limpia. Que ellos informaran de su desaparición, que se hicieran preguntas, que alguien enderezara la enredada maraña en que se convertirían súbitamente sus actividades profesionales sin él.
Walter Yates estaba delante de la puerta abierta de su taberna, a pocos pasos de la estación. Dijo:
-Hola, señor Haig. Esta noche hay una hermosa aurora boreal. La mejor que he visto en mi vida.
-¿De eso se trata? – preguntó Haig-. Creí que era el reflejo de un gran incendio.
Walter meneó la cabeza.
-No. Mire hacia el norte; allí donde el cielo parece trémulo. Es la aurora.
Haig se volvió y miró hacia el norte. El resplandor rojizo en esa dirección era. Sí, la palabra «trémulo» lo describía bien. También era hermoso, pero algo atemorizante, aunque uno supiera de qué se trataba.
Se volvió nuevamente y pasó junto a Walter para entrar en la taberna, al tiempo que preguntaba:
-¿Tiene un trago para un sediento?
Más tarde, mientras revolvía su whisky con una varilla de cristal, inquirió:
-Walter, ¿a qué hora sale el próximo tren?
-¿Hacia adónde?
-Hacia cualquier parte.
Walter levantó la mirada hasta el reloj.
-Dentro de pocos minutos. Entrará en cualquier momento.
-Demasiado pronto; quiero terminar esta copa. ¿Y el siguiente?
-Hay uno a las diez y catorce. Quizá sea el último de esta noche. Quiero decir, hasta medianoche; como cierro a esa hora, no lo sé.
-¿Adónde…? Espere, no me diga adónde va. No quiero saberlo. Pero viajaré en él.
-¿Sin saber adónde va?
-Sin preocuparme adónde va – corrigió Haig -. Escuche, Walter, hablo en serio. Quiero que haga algo por mí: si se entera por los periódicos de que he desaparecido, no diga a nadie que esta noche estuve aquí ni lo que hablé. No quería contárselo a nadie.
Walter asintió sabiamente.
-Puedo mantener cerrado el pico, señor Haig. Ha sido un buen cliente. No lo rastrearán a través de mí.
Haig se balanceó ligeramente en el taburete. Sus ojos se fijaron en el rostro de Walter y vieron la ligera sonrisa. Había una obsesionante sensación de familiaridad en esa conversación. Era como si se hubiesen pronunciado las mismas palabras con anterioridad, como si hubiese obtenido la misma respuesta. Bruscamente preguntó:
-Walter, ¿le he dicho esto antes? ¿Cuántas veces?
-Seis… Ocho… Quizá diez veces. No me acuerdo.
-Dios -musitó Haig suavemente. Fijó la mirada en Walter el rostro de éste se desdibujó y se separó en dos caras y sólo un esfuerzo logró reunirlas en una ligeramente sonriente, irónicamente tolerante. Ahora supo que habían sido más de diez veces -. Walter, ¿soy un borracho?
-Señor Haig, yo no diría eso. Bebe mucho, pero…
Ya no quería mirar a Walter.
Fijó la vista en su vaso y vio que estaba vacío. Pidió otro y, mientras Walter le servía, se observó en el espejo situado detrás de la barra. Gracias a Dios, aquí no había un espejo azul. Era bastante malo ver dos imágenes de sí mismo en un espejo común; las imágenes gemelas, Haig y Haig, sólo que ahora ésa era ya una broma gastada y uno de los motivos por que iba a coger ese tren. Iba a… Por Dios, borracho o sobrio viajaría en ese tren.
Sólo que esa frase también tenía un tono de inquietante familiaridad.
¿Cuántas veces?
Fijó la mirada en un vaso lleno hasta la cuarta parte y a la vez siguiente estaba lleno hasta la mitad y Walter decía:
-Señor Haig, tal vez es un incendio, un gran incendio; se vuelve demasiado brillante para ser una aurora. Saldré un segundo.
Pero Haig permaneció en el taburete y cuando volvió a mirar, Walter estaba de nuevo detrás de la barra y manipulaba los botones de la radio.
-¿Es un incendio? – preguntó Haig.
-Tiene que serlo. Pondré el noticiero de las diez y cuarto y lo averiguaré. – La radio emitía música de jazz, un clarinete agudo e inquieto sobre los bronces enmudecidos y los agitados tambores -. Estará dentro de un minuto; es en esta estación.
-Estará dentro de un minuto… -Estuvo a punto de caer mientras bajaba del taburete -. ¿Entonces son las diez y catorce?
No esperó respuesta. El suelo pareció inclinarse ligeramente mientras se dirigía hacia la puerta abierta. Sólo unos pocos pasos y estaría en la estación. Podría alcanzarlo; realmente podría alcanzarlo. De repente era como si no hubiese bebido una sola gota y su mente estuviese despejada como el cristal, al margen de que sus pies trastabillaran. Y los trenes rara vez partían al minuto exacto y Walter pudo decir «en un minuto» refiriéndose a tres, dos o cuatro minutos. Existía una posibilidad.
Cayó en los escalones pero se levantó y continuó, perdiendo unos pocos segundos. Pasó junto a la taquilla – podría comprar el billete en el tren – y atravesó las puertas de atrás hasta el andén, las vías y el farol trasero rojo de un tren que se alejaba a pocos pero irremediables metros de distancia. Diez, cien metros. Se perdía.
El jefe de estación estaba al borde del andén y miraba el tren que se alejaba.
Debió de oír las pisadas de Haig; dijo por encima del hombro:
-Es una pena que lo haya perdido. Era el último.
Súbitamente Haig vio el lado gracioso del asunto y empezó a reír. Simplemente era demasiado ridículo para tomarse en serio la estrechez del margen por el cual había perdido ese tren. Además, habría uno temprano. Lo único que tenía que hacer era volver a la estación y esperar hasta que… preguntó:
-¿A qué hora sale el primero de mañana?
-Usted no lo entiende -respondió el jefe de estación.
Se volvió por primera vez y Haig vio su rostro contra el cielo carmesí y flameante.
-No lo entiende -repitió-. Ese era el último tren.
Arte ilustrativo: Estación de tren
Autor: Monet
Ello era impreciso y grandioso: quería decir todo. Significaba dar un gran salto de una vida a otra, lo que durante tanto tiempo había proyectado. Significaba, simplemente, dejar plantado a un picapleitos moderadamente triunfador llamado Eliot Haig, dejar plantadas todas las mezquinas complicaciones de su vida, los enredos personales, la trapacería legal que se encontraba dentro del carácter de la ley o imperceptiblemente fuera; significaba cortar el cable del hábito que le ataba a una existencia que se había vuelto sin sentido, designio o incentivo.
La melancólica imagen le deprimió y sintió, con más fuerza que de costumbre, la necesidad de moverse, de ir a otra parte aunque sólo fuese por otra copa. Bebió el último sorbo de su whisky con soda y hielo, y bajó del taburete hasta el suelo firme.
-Adiós, Joe -dijo, y caminó hacia la entrada.
El tabernero comentó:
-En alguna parte debe de haber un gran incendio. Mire el cielo. Me pregunto sí será en los depósitos de madera del otro lado del pueblo.
El tabernero estaba asomado a la ventana de delante y miraba hacia fuera y hacia arriba.
Después de atravesar la puerta, Haig miró hacia arriba. El cielo tenía un tono gris rosado, como el del resplandor de un fuego lejano. Desde donde estaba vio que cubría todo el firmamento y que no había indicios respecto al origen del incendio.
Anduvo sin rumbo fijo hacia el sur. El silbido lejano de una locomotora llegó hasta sus oídos y le trajo recuerdos.
«¿Por qué no? -pensó-. ¿Por qué no esta noche?»
El viejo impulso -espectro de miles de noches insatisfactorias- era más poderoso esta noche. Incluso en ese momento andaba hacia la estación del tren; pero lo había hecho antes a menudo. A menudo había llegado al extremo de presenciar la salida de los trenes y pensar, mientras miraba: «Debería estar en ese tren». Nunca había subido a ninguno.
A media calle de la estación oyó el sonido de la campana, el resoplido del vapor y el arranque del tren. Lo habría perdido, si hubiese tenido el valor de tomarlo.
Y súbitamente comprendió que esta noche era distinta, que esta noche lo haría realmente. Sólo con la ropa que llevaba puesta, con el dinero que tuviera en los bolsillos. Exactamente como se lo había propuesto siempre: la salida limpia. Que ellos informaran de su desaparición, que se hicieran preguntas, que alguien enderezara la enredada maraña en que se convertirían súbitamente sus actividades profesionales sin él.
Walter Yates estaba delante de la puerta abierta de su taberna, a pocos pasos de la estación. Dijo:
-Hola, señor Haig. Esta noche hay una hermosa aurora boreal. La mejor que he visto en mi vida.
-¿De eso se trata? – preguntó Haig-. Creí que era el reflejo de un gran incendio.
Walter meneó la cabeza.
-No. Mire hacia el norte; allí donde el cielo parece trémulo. Es la aurora.
Haig se volvió y miró hacia el norte. El resplandor rojizo en esa dirección era. Sí, la palabra «trémulo» lo describía bien. También era hermoso, pero algo atemorizante, aunque uno supiera de qué se trataba.
Se volvió nuevamente y pasó junto a Walter para entrar en la taberna, al tiempo que preguntaba:
-¿Tiene un trago para un sediento?
Más tarde, mientras revolvía su whisky con una varilla de cristal, inquirió:
-Walter, ¿a qué hora sale el próximo tren?
-¿Hacia adónde?
-Hacia cualquier parte.
Walter levantó la mirada hasta el reloj.
-Dentro de pocos minutos. Entrará en cualquier momento.
-Demasiado pronto; quiero terminar esta copa. ¿Y el siguiente?
-Hay uno a las diez y catorce. Quizá sea el último de esta noche. Quiero decir, hasta medianoche; como cierro a esa hora, no lo sé.
-¿Adónde…? Espere, no me diga adónde va. No quiero saberlo. Pero viajaré en él.
-¿Sin saber adónde va?
-Sin preocuparme adónde va – corrigió Haig -. Escuche, Walter, hablo en serio. Quiero que haga algo por mí: si se entera por los periódicos de que he desaparecido, no diga a nadie que esta noche estuve aquí ni lo que hablé. No quería contárselo a nadie.
Walter asintió sabiamente.
-Puedo mantener cerrado el pico, señor Haig. Ha sido un buen cliente. No lo rastrearán a través de mí.
Haig se balanceó ligeramente en el taburete. Sus ojos se fijaron en el rostro de Walter y vieron la ligera sonrisa. Había una obsesionante sensación de familiaridad en esa conversación. Era como si se hubiesen pronunciado las mismas palabras con anterioridad, como si hubiese obtenido la misma respuesta. Bruscamente preguntó:
-Walter, ¿le he dicho esto antes? ¿Cuántas veces?
-Seis… Ocho… Quizá diez veces. No me acuerdo.
-Dios -musitó Haig suavemente. Fijó la mirada en Walter el rostro de éste se desdibujó y se separó en dos caras y sólo un esfuerzo logró reunirlas en una ligeramente sonriente, irónicamente tolerante. Ahora supo que habían sido más de diez veces -. Walter, ¿soy un borracho?
-Señor Haig, yo no diría eso. Bebe mucho, pero…
Ya no quería mirar a Walter.
Fijó la vista en su vaso y vio que estaba vacío. Pidió otro y, mientras Walter le servía, se observó en el espejo situado detrás de la barra. Gracias a Dios, aquí no había un espejo azul. Era bastante malo ver dos imágenes de sí mismo en un espejo común; las imágenes gemelas, Haig y Haig, sólo que ahora ésa era ya una broma gastada y uno de los motivos por que iba a coger ese tren. Iba a… Por Dios, borracho o sobrio viajaría en ese tren.
Sólo que esa frase también tenía un tono de inquietante familiaridad.
¿Cuántas veces?
Fijó la mirada en un vaso lleno hasta la cuarta parte y a la vez siguiente estaba lleno hasta la mitad y Walter decía:
-Señor Haig, tal vez es un incendio, un gran incendio; se vuelve demasiado brillante para ser una aurora. Saldré un segundo.
Pero Haig permaneció en el taburete y cuando volvió a mirar, Walter estaba de nuevo detrás de la barra y manipulaba los botones de la radio.
-¿Es un incendio? – preguntó Haig.
-Tiene que serlo. Pondré el noticiero de las diez y cuarto y lo averiguaré. – La radio emitía música de jazz, un clarinete agudo e inquieto sobre los bronces enmudecidos y los agitados tambores -. Estará dentro de un minuto; es en esta estación.
-Estará dentro de un minuto… -Estuvo a punto de caer mientras bajaba del taburete -. ¿Entonces son las diez y catorce?
No esperó respuesta. El suelo pareció inclinarse ligeramente mientras se dirigía hacia la puerta abierta. Sólo unos pocos pasos y estaría en la estación. Podría alcanzarlo; realmente podría alcanzarlo. De repente era como si no hubiese bebido una sola gota y su mente estuviese despejada como el cristal, al margen de que sus pies trastabillaran. Y los trenes rara vez partían al minuto exacto y Walter pudo decir «en un minuto» refiriéndose a tres, dos o cuatro minutos. Existía una posibilidad.
Cayó en los escalones pero se levantó y continuó, perdiendo unos pocos segundos. Pasó junto a la taquilla – podría comprar el billete en el tren – y atravesó las puertas de atrás hasta el andén, las vías y el farol trasero rojo de un tren que se alejaba a pocos pero irremediables metros de distancia. Diez, cien metros. Se perdía.
El jefe de estación estaba al borde del andén y miraba el tren que se alejaba.
Debió de oír las pisadas de Haig; dijo por encima del hombro:
-Es una pena que lo haya perdido. Era el último.
Súbitamente Haig vio el lado gracioso del asunto y empezó a reír. Simplemente era demasiado ridículo para tomarse en serio la estrechez del margen por el cual había perdido ese tren. Además, habría uno temprano. Lo único que tenía que hacer era volver a la estación y esperar hasta que… preguntó:
-¿A qué hora sale el primero de mañana?
-Usted no lo entiende -respondió el jefe de estación.
Se volvió por primera vez y Haig vio su rostro contra el cielo carmesí y flameante.
-No lo entiende -repitió-. Ese era el último tren.
Arte ilustrativo: Estación de tren
Autor: Monet
martes, 18 de junio de 2019
Luna llena - Argos
Como una moneda oxidada y arrojada al vacío, resplandece la luna, adueñándose de la noche y entrando en un juego silencioso con la tierra y sus aguas, dejando en trance a los enamorados y hablándole a poetas hasta la aurora de un nuevo día.
Arte ilustrativo: "Luna Llena."
Autor: Irene Núñez de Arenas
http://enery-enery.blogspot.com/2012/10/luna-llena.html
Arte ilustrativo: "Luna Llena."
Autor: Irene Núñez de Arenas
http://enery-enery.blogspot.com/2012/10/luna-llena.html
Romance Sonámbulo - Argos
Me levanté perdido, con mucho calor, aunque afuera hacían 15 grados bajo cero.
Se escuchaba el silencio de las calles, cada cinco minutos un auto cruzaba. Se escuchó un portazo y a un viejo gritar unas coordenadas.
-Gracias, entonces, ¿Sigo derecho?- La voz de una mujer joven penetró los muros de mi departamento.
-Sí, ¡siga!, ¡siga! - Gritó el viejo.
Me asomo a la ventana, empañada por el choque climático entre mi habitación y el frío que la rodeaba. La abro para respirar aire fresco y la veo. La chica, la lluvia, su mochila, su bolso arrastrado en charcos. ¿Qué otra cosa podía hacer, si no, lo que hice?
-¡Señorita! - Grité con amabilidad
-¡¿Sí?!- Contestó, mirando hacia arriba y con un tono parecido al mío.
-Tal vez... ¿Quisiera usted un poco de ayuda con su equipaje?
Ella vaciló un instante y luego me habló en el mismo tono que el anterior.
-Bueno. ¿Quiere ayudarme?- dijo extrañada y luego rió.
-Enseguida bajo.- Musité casi susurrando.
Y con mi remera de Metallica, mis shorts deportivos de adidas y mis zapatillas nuevas ahora en mis pies, me colocaba mi gorrito de nieve. Duro como un sonámbulo, bajé asimétricamente las escaleras y abrí la puerta hacia su tibio vientre invernal.
Arte ilustrativo: By "Ternovnikk" - "Romance Sonámbulo"
https://www.deviantart.com/ternovnikk/art/Untitled-508168594
Se escuchaba el silencio de las calles, cada cinco minutos un auto cruzaba. Se escuchó un portazo y a un viejo gritar unas coordenadas.
-Gracias, entonces, ¿Sigo derecho?- La voz de una mujer joven penetró los muros de mi departamento.
-Sí, ¡siga!, ¡siga! - Gritó el viejo.
Me asomo a la ventana, empañada por el choque climático entre mi habitación y el frío que la rodeaba. La abro para respirar aire fresco y la veo. La chica, la lluvia, su mochila, su bolso arrastrado en charcos. ¿Qué otra cosa podía hacer, si no, lo que hice?
-¡Señorita! - Grité con amabilidad
-¡¿Sí?!- Contestó, mirando hacia arriba y con un tono parecido al mío.
-Tal vez... ¿Quisiera usted un poco de ayuda con su equipaje?
Ella vaciló un instante y luego me habló en el mismo tono que el anterior.
-Bueno. ¿Quiere ayudarme?- dijo extrañada y luego rió.
-Enseguida bajo.- Musité casi susurrando.
Y con mi remera de Metallica, mis shorts deportivos de adidas y mis zapatillas nuevas ahora en mis pies, me colocaba mi gorrito de nieve. Duro como un sonámbulo, bajé asimétricamente las escaleras y abrí la puerta hacia su tibio vientre invernal.
Arte ilustrativo: By "Ternovnikk" - "Romance Sonámbulo"
https://www.deviantart.com/ternovnikk/art/Untitled-508168594
domingo, 9 de junio de 2019
El vivir y la muerte - Argos
Cómo vivimos, la forma de vivir que encaramos día tras día, está basada en cómo vemos la muerte.
Morir, lo que pensamos o creemos que es morir, trae consigo nuestra concepción de la vida, esta concepción no se explica en palabras, manifiestos religiosos, ni en teorías políticas o tratados filosóficos. La forma de vivir se ve y expresa solamente en acciones, conductas, actitudes, resoluciones de problemas y los valores y pasiones que invisten todas estas acciones. Todo esto es, la influencia que impone el entorno (sociocultural) y que nos afecta en nuestro equilibrio (psicológico y biológico), y a su vez, la influencia provocada por nosotros y la modificación de el entorno inmediato con nuestras acciones.
"Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella, no me salvo a mí.", dice Ortega y Gasset. Hay mucho más que una frase aquí, y da para un ensayo.
Como dije anteriormente, un libro no explica nuestra forma de vivir, y por lo tanto, de entender el morir. Pero escribir un libro, sí.
Si le suena contradictorio lo que está leyendo, puede haber tres problemas singulares o mixtos. Uno de ellos sería que no siguió fielmente el pensamiento que aquí expreso, tal y cómo estoy tratando de hacerlo. Para resolver esto es simple, vuelva al inicio y comience de nuevo. Otra cuestión sería que usted no está interesado, en lo que a mi construcción respecta, leer sobre la forma de vivir y la concepción de la muerte. También es de fácil solución, solo deje de leerlo. Por último y en tercer lugar, el problema sería que yo y mi forma particular de expresar el pensamiento que me atraviesa y plasmo en palabras aquí, es defectuoso, por lo tanto, ineficaz al momento de comunicar, y entonces será necesario una re lectura desde el comienzo o simplemente dejar de leer.
¿Se puede clasificar la forma de vivir? Erich Fromm lo hizo. Dividió dos formas de vivir particulares. Las del Tener y las del Ser. Nietzche habló alguna vez de lo apolíneo y lo dionisíaco.Pero tratemos de crear un pensamiento nuevo, sin meternos en lo que alguna vez dijo Fromm, Freud, Jesús, Buda o quien sea.
Hablar sobre las formas de vivir en mi opinión (teniendo en cuenta que no soy Nietzche ni Freud), es inabarcable. Hay tantas formas de vivir cómo personas en el mundo. Lo que pasa, es que las ideologías, no importa el género político, cultural o religioso, masifican las formas de vivir, por lo tanto, condensan la concepción de la muerte, haciendo que un pueblo entero coincida y se identifique con su patria. No digo que sea "malo" o erroneo, pero no hay que negar que de éstas formulas salieron los peores genocidios, dictaduras asesinas, corrupciones económicas, esclavitud, guerras, terrorismo, etc.
En un intento de clasificación pondría como ejemplo la forma de vivir acelerada de nuestra época. No sólo en planos consumistas, sino también en planos relacionales, esto por la revolución de la tecnología y las redes sociales, que de sociales, a veces, sólo tienen el nombre, tal vez, redes virtuales, sería más honesto. La información de un segundo a otro atraviesa el mundo, de un día para otro puedo tener mil "amigos" y compartir mi "vida" y mi "personalidad" con todo el que entre en mi perfil.
¿Qué es un perfil? Este termino se refiere a una posición en que no se deja ver sino una sola de las dos mitades adjuntas al cuerpo. Sólo se puede ver los rasgos personales que el/la dueñx del perfil elige y santifica como más característicos.
Según el diccionario:"Grupo de rasgos o atributos peculiares que lo caracterizan a alguien".
La forma de vida acelerada está basada en la concepción de la muerte veloz, la cuál acorta la vida en términos de tiempo y se tiene que aprovechar de ésta todo en cuanto sea posible y en el menor tiempo y esfuerzo, esto es la forma de vida del tener, podría decirse. Según con lo que se tiene se vive, y según con lo que se tiene, uno se identifica como afortunado, exitoso, pobre, clase media, famoso, codiciado, envidioso, etc. Según esto, cuanto más se tenga mejor, en caso contrario, la vida es una miseria.
Al pensar esto, es casi inevitable pensar en el capitalismo y neo-liberalismo. Pero, ¿qué filosofía política del occidente no trabaja en términos materiales?, ¿a caso el comunismo no lo hace?. ¿A caso el valor de la vida de una persona o una sociedad lo define la materia y los materiales de producción con los que cuenta?, ¿Que todas las personas de una sociedad cuenten con "igualdad" o "equidad" si prefieren, de bienes materiales es lo que la hace una sociedad justa y por lo tanto valiosa?. Es imposible no caer en estas preguntas, aunque trato.
Volviendo al tema que impulsó todo.
La forma de vivir, que proviene, de la forma de "entender" la muerte.
No se trata aquí, de ver qué forma de vivir o entender la muerte es mejor. Si la de un poeta o la de un ingeniero, si la de un multimillonario o la de una mujer embarazada y empobrecida por la opresión del sistema.
Se trata de reflexionar la que cada unos de nosotros lleva hasta el momento, y si es necesaria o no cambiarla. Se trata de dejar de mentirnos a nosotros mismos y buscar nuestra propia forma de vivir, sin permitirle a un otro que nos imponga la suya. Se trata de ser libres y responsables de nuestra vida, y por lo tanto, de nuestra muerte.
¿Qué sentido tiene preguntarnos sobre nuestra muerte y nuestra forma de vivir?, a mi entender, es principalmente, un acto rebelde. Preguntarse por la muerte y por nuestra forma de vivir es una acción de rebeldía. "Una toma de conciencia nace del movimiento de rebelión", dice Camus, "Si el individuo, en efecto, acepta morir, y muere en la ocación, en el movimiento de su rebelión, muestra con ello que se sacrifica en beneficio de un bien que sobrepasa a su propio destino. Prefiere la probabilidad de la muerte, a la negación de ese derecho que defiende y que coloca a este último por encima de sí mismo". "En efecto, con las épocas y las civilizaciones parecen cambiar las razones por las cuales se subleva". "La rebelión es el acto de la persona informada que posee la conciencia de sus derechos." (Albert Camus - El Hombre Rebelde 1951)
El/La Rebelde es quien dice no, es quien dice basta, a un otro que usurpa nuestros derechos, pero también, y tal vez más importante, quien dice no a uno mismo, quien dice no a su resignación, a su comodidad, a su zona de confort, quien dice no a sus limitaciones e intenta abarcar con pasión y amor el plano de lo posible.
En mi caso, escribo sobre esto y leo todas estas cosas "por amor al arte", como dijo una profesora, de la cátedra Psicología Genética en la Universidad que asisto, la Universidad del Comahue. La forma de vivir basada en el amor, "Amor Fati" dijera Nietzche, amor a la vida y a nuestro destino que es la muerte. Una forma de vivir que elige cada día y cada noche,elige el amor, y los estados de felicidad, elige el placer y el compartir y conocer personas, aceptando el dolor y el sufrimiento, aceptando el final que hay en cada uno de nosotros.
Ahora me gustaría poner una frase de Edvard Munch, pintor expresionista, con respecto a cómo fue el origen, o el momento, de la creación de lo que sería más tarde, su obra maestra, obra con la cual me gustaría ilustrar este texto. (y ya con esto me dejo de joder)
" Iba por la calle con dos amigos cuando el sol se puso. De repente, el cielo se tornó rojo sangre y percibí un estremecimiento de tristeza. Un dolor desgarrador en el pecho (...) Lenguas de fuego como sangre cubrían el fiordo negro y azulado y la ciudad. Mis amigos siguieron andando y yo me quedé allí, temblando de miedo. Y oí que un grito interminable atravesaba la naturaleza."
Alguna vez, un filosofo Alemán dijo: "tendríamos que pasar más tiempo en los cementerios". M. Heidegger.
¿Qué habrá querido decir el existencialista alemán?
Arte ilustrativo: Edvard Munch - El Grito - 1893
Morir, lo que pensamos o creemos que es morir, trae consigo nuestra concepción de la vida, esta concepción no se explica en palabras, manifiestos religiosos, ni en teorías políticas o tratados filosóficos. La forma de vivir se ve y expresa solamente en acciones, conductas, actitudes, resoluciones de problemas y los valores y pasiones que invisten todas estas acciones. Todo esto es, la influencia que impone el entorno (sociocultural) y que nos afecta en nuestro equilibrio (psicológico y biológico), y a su vez, la influencia provocada por nosotros y la modificación de el entorno inmediato con nuestras acciones.
"Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella, no me salvo a mí.", dice Ortega y Gasset. Hay mucho más que una frase aquí, y da para un ensayo.
Como dije anteriormente, un libro no explica nuestra forma de vivir, y por lo tanto, de entender el morir. Pero escribir un libro, sí.
Si le suena contradictorio lo que está leyendo, puede haber tres problemas singulares o mixtos. Uno de ellos sería que no siguió fielmente el pensamiento que aquí expreso, tal y cómo estoy tratando de hacerlo. Para resolver esto es simple, vuelva al inicio y comience de nuevo. Otra cuestión sería que usted no está interesado, en lo que a mi construcción respecta, leer sobre la forma de vivir y la concepción de la muerte. También es de fácil solución, solo deje de leerlo. Por último y en tercer lugar, el problema sería que yo y mi forma particular de expresar el pensamiento que me atraviesa y plasmo en palabras aquí, es defectuoso, por lo tanto, ineficaz al momento de comunicar, y entonces será necesario una re lectura desde el comienzo o simplemente dejar de leer.
¿Se puede clasificar la forma de vivir? Erich Fromm lo hizo. Dividió dos formas de vivir particulares. Las del Tener y las del Ser. Nietzche habló alguna vez de lo apolíneo y lo dionisíaco.Pero tratemos de crear un pensamiento nuevo, sin meternos en lo que alguna vez dijo Fromm, Freud, Jesús, Buda o quien sea.
Hablar sobre las formas de vivir en mi opinión (teniendo en cuenta que no soy Nietzche ni Freud), es inabarcable. Hay tantas formas de vivir cómo personas en el mundo. Lo que pasa, es que las ideologías, no importa el género político, cultural o religioso, masifican las formas de vivir, por lo tanto, condensan la concepción de la muerte, haciendo que un pueblo entero coincida y se identifique con su patria. No digo que sea "malo" o erroneo, pero no hay que negar que de éstas formulas salieron los peores genocidios, dictaduras asesinas, corrupciones económicas, esclavitud, guerras, terrorismo, etc.
En un intento de clasificación pondría como ejemplo la forma de vivir acelerada de nuestra época. No sólo en planos consumistas, sino también en planos relacionales, esto por la revolución de la tecnología y las redes sociales, que de sociales, a veces, sólo tienen el nombre, tal vez, redes virtuales, sería más honesto. La información de un segundo a otro atraviesa el mundo, de un día para otro puedo tener mil "amigos" y compartir mi "vida" y mi "personalidad" con todo el que entre en mi perfil.
¿Qué es un perfil? Este termino se refiere a una posición en que no se deja ver sino una sola de las dos mitades adjuntas al cuerpo. Sólo se puede ver los rasgos personales que el/la dueñx del perfil elige y santifica como más característicos.
Según el diccionario:"Grupo de rasgos o atributos peculiares que lo caracterizan a alguien".
La forma de vida acelerada está basada en la concepción de la muerte veloz, la cuál acorta la vida en términos de tiempo y se tiene que aprovechar de ésta todo en cuanto sea posible y en el menor tiempo y esfuerzo, esto es la forma de vida del tener, podría decirse. Según con lo que se tiene se vive, y según con lo que se tiene, uno se identifica como afortunado, exitoso, pobre, clase media, famoso, codiciado, envidioso, etc. Según esto, cuanto más se tenga mejor, en caso contrario, la vida es una miseria.
Al pensar esto, es casi inevitable pensar en el capitalismo y neo-liberalismo. Pero, ¿qué filosofía política del occidente no trabaja en términos materiales?, ¿a caso el comunismo no lo hace?. ¿A caso el valor de la vida de una persona o una sociedad lo define la materia y los materiales de producción con los que cuenta?, ¿Que todas las personas de una sociedad cuenten con "igualdad" o "equidad" si prefieren, de bienes materiales es lo que la hace una sociedad justa y por lo tanto valiosa?. Es imposible no caer en estas preguntas, aunque trato.
Volviendo al tema que impulsó todo.
La forma de vivir, que proviene, de la forma de "entender" la muerte.
No se trata aquí, de ver qué forma de vivir o entender la muerte es mejor. Si la de un poeta o la de un ingeniero, si la de un multimillonario o la de una mujer embarazada y empobrecida por la opresión del sistema.
Se trata de reflexionar la que cada unos de nosotros lleva hasta el momento, y si es necesaria o no cambiarla. Se trata de dejar de mentirnos a nosotros mismos y buscar nuestra propia forma de vivir, sin permitirle a un otro que nos imponga la suya. Se trata de ser libres y responsables de nuestra vida, y por lo tanto, de nuestra muerte.
¿Qué sentido tiene preguntarnos sobre nuestra muerte y nuestra forma de vivir?, a mi entender, es principalmente, un acto rebelde. Preguntarse por la muerte y por nuestra forma de vivir es una acción de rebeldía. "Una toma de conciencia nace del movimiento de rebelión", dice Camus, "Si el individuo, en efecto, acepta morir, y muere en la ocación, en el movimiento de su rebelión, muestra con ello que se sacrifica en beneficio de un bien que sobrepasa a su propio destino. Prefiere la probabilidad de la muerte, a la negación de ese derecho que defiende y que coloca a este último por encima de sí mismo". "En efecto, con las épocas y las civilizaciones parecen cambiar las razones por las cuales se subleva". "La rebelión es el acto de la persona informada que posee la conciencia de sus derechos." (Albert Camus - El Hombre Rebelde 1951)
El/La Rebelde es quien dice no, es quien dice basta, a un otro que usurpa nuestros derechos, pero también, y tal vez más importante, quien dice no a uno mismo, quien dice no a su resignación, a su comodidad, a su zona de confort, quien dice no a sus limitaciones e intenta abarcar con pasión y amor el plano de lo posible.
En mi caso, escribo sobre esto y leo todas estas cosas "por amor al arte", como dijo una profesora, de la cátedra Psicología Genética en la Universidad que asisto, la Universidad del Comahue. La forma de vivir basada en el amor, "Amor Fati" dijera Nietzche, amor a la vida y a nuestro destino que es la muerte. Una forma de vivir que elige cada día y cada noche,elige el amor, y los estados de felicidad, elige el placer y el compartir y conocer personas, aceptando el dolor y el sufrimiento, aceptando el final que hay en cada uno de nosotros.
Ahora me gustaría poner una frase de Edvard Munch, pintor expresionista, con respecto a cómo fue el origen, o el momento, de la creación de lo que sería más tarde, su obra maestra, obra con la cual me gustaría ilustrar este texto. (y ya con esto me dejo de joder)
" Iba por la calle con dos amigos cuando el sol se puso. De repente, el cielo se tornó rojo sangre y percibí un estremecimiento de tristeza. Un dolor desgarrador en el pecho (...) Lenguas de fuego como sangre cubrían el fiordo negro y azulado y la ciudad. Mis amigos siguieron andando y yo me quedé allí, temblando de miedo. Y oí que un grito interminable atravesaba la naturaleza."
Alguna vez, un filosofo Alemán dijo: "tendríamos que pasar más tiempo en los cementerios". M. Heidegger.
¿Qué habrá querido decir el existencialista alemán?
Arte ilustrativo: Edvard Munch - El Grito - 1893
viernes, 7 de junio de 2019
Así habló Zaratustra (1883) - F. Nietzsche
Zaratustra bajó solo de las montañas sin encontrar a nadie. Pero cuando llegó a los bosques surgió de pronto ante él un anciano que había abandonado su santa choza para buscar raíces en el bosque. Y el anciano habló así a Zaratustra: No me es desconocido este caminante: hace algunos años pasó por aquí. Zaratustra se llamaba; pero se ha transformado. Entonces llevabas tu ceniza a la montaña: ¿quieres hoy llevar tu fuego a los valles? ¿No temes los castigos que se imponen al incendiario?
Sí, reconozco a Zaratustra. Puro es su ojo, y en su boca no se oculta náusea alguna. ¿No viene hacia acá como un bailarín? Zaratustra está transformado, Zaratustra se ha convertido en un niño,Zaratustra es un despierto: ¿qué quieres hacer ahora entre los que duermen?. En la soledad vivías como en el mar, y el mar te llevaba. Ay, ¿quieres bajar a tierra? Ay, ¿quieres volver a arrastrar tú mismo tu cuerpo? Zaratustra respondió: «Yo amo a los hombres.»
¿Por qué, dijo el santo, me marché yo al bosque y a las soledades? ¿No fue acaso porque amaba demasiado a los hombres? Ahora amo a Dios: a los hombres no los amo. El hombre es para mí una cosa demasiado imperfecta. El amor al hombre me mataría.
Zaratustra respondió: «¡Qué dije amor! Lo que yo llevo a los hombres es un regalo.»
No les des nada, dijo el santo. Es mejor que les quites alguna cosa y que la lleves a
cuestas junto con ellos - eso será lo que más bien les hará: ¡con tal de que te haga bien a
ti! ¡Y si quieres darles algo, no les des más que una limosna, y deja que además la mendiguen!
«No, respondió Zaratustra, yo no doy limosnas. No soy bastante pobre para eso.»
El santo se rió de Zaratustra y dijo: ¡Entonces cuida de que acepten tus tesoros! Ellos
desconfían de los eremitas y no creen que vayamos para hacer regalos.
Nuestros pasos les suenan demasiado solitarios por sus callejas. Y cuando por las noches, estando en sus camas, oyen caminar a un hombre mucho antes de que el sol salga,
se preguntan: ¿adónde irá el ladrón?.
¡No vayas a los hombres y quédate en el bosque! ¡Es mejor que vayas incluso a los
animales! ¿Por qué no quieres ser tú, como yo, - un oso entre los osos, un pájaro entre los
pájaros?
«¿Y qué hace el santo en el bosque?», preguntó Zaratustra. El santo respondió: Hago
canciones y las canto; y, al hacerlas, río, lloro y gruño: así alabo a Dios.
Cantando, llorando, riendo y gruñendo alabo al Dios que es mi Dios. Mas ¿qué regalo
es el que tú nos traes?
Cuando Zaratustra hubo oído estas palabras saludó al santo y dijo: «¡Qué podría yo daros a vosotros! ¡Pero déjame irme aprisa, para que no os quite nada!» -Y así se separaron, el anciano y el hombre, riendo como ríen dos muchachos.
Mas cuando Zaratustra estuvo solo, habló así a su corazón: «¡Será posible! ¡Este viejo santo en su bosque no ha oído todavía nada de que Dios ha muerto!»

Sí, reconozco a Zaratustra. Puro es su ojo, y en su boca no se oculta náusea alguna. ¿No viene hacia acá como un bailarín? Zaratustra está transformado, Zaratustra se ha convertido en un niño,Zaratustra es un despierto: ¿qué quieres hacer ahora entre los que duermen?. En la soledad vivías como en el mar, y el mar te llevaba. Ay, ¿quieres bajar a tierra? Ay, ¿quieres volver a arrastrar tú mismo tu cuerpo? Zaratustra respondió: «Yo amo a los hombres.»
¿Por qué, dijo el santo, me marché yo al bosque y a las soledades? ¿No fue acaso porque amaba demasiado a los hombres? Ahora amo a Dios: a los hombres no los amo. El hombre es para mí una cosa demasiado imperfecta. El amor al hombre me mataría.
Zaratustra respondió: «¡Qué dije amor! Lo que yo llevo a los hombres es un regalo.»
No les des nada, dijo el santo. Es mejor que les quites alguna cosa y que la lleves a
cuestas junto con ellos - eso será lo que más bien les hará: ¡con tal de que te haga bien a
ti! ¡Y si quieres darles algo, no les des más que una limosna, y deja que además la mendiguen!
«No, respondió Zaratustra, yo no doy limosnas. No soy bastante pobre para eso.»
El santo se rió de Zaratustra y dijo: ¡Entonces cuida de que acepten tus tesoros! Ellos
desconfían de los eremitas y no creen que vayamos para hacer regalos.
Nuestros pasos les suenan demasiado solitarios por sus callejas. Y cuando por las noches, estando en sus camas, oyen caminar a un hombre mucho antes de que el sol salga,
se preguntan: ¿adónde irá el ladrón?.
¡No vayas a los hombres y quédate en el bosque! ¡Es mejor que vayas incluso a los
animales! ¿Por qué no quieres ser tú, como yo, - un oso entre los osos, un pájaro entre los
pájaros?
«¿Y qué hace el santo en el bosque?», preguntó Zaratustra. El santo respondió: Hago
canciones y las canto; y, al hacerlas, río, lloro y gruño: así alabo a Dios.
Cantando, llorando, riendo y gruñendo alabo al Dios que es mi Dios. Mas ¿qué regalo
es el que tú nos traes?
Cuando Zaratustra hubo oído estas palabras saludó al santo y dijo: «¡Qué podría yo daros a vosotros! ¡Pero déjame irme aprisa, para que no os quite nada!» -Y así se separaron, el anciano y el hombre, riendo como ríen dos muchachos.
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